OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Lares

No quería llegar tarde; era el primer día. Mi trabajo allí consistiría en coordinar tres sesiones de trabajo que se celebrarían en tres meses sucesivos. El objetivo era supervisar la creación de un Proyecto educativo de centro racional y propio. Llegué diez minutos antes de la hora convenida coincidiendo en la puerta con un señor que la estaba abriendo. Tras preguntarle por alguien del equipo directivo refunfuñó, dio las luces y se metió en un garito, tomando aposento en un sillón que parecía propio de un ministro. En ese momento descubrí que era el conserje. Poco después apareció el jefe de estudios y un buen rato después empezaron a llegar profesores. Todo el que entraba le saludaba, contestando él con nuevos gruñidos al tiempo que autorizando con un movimiento seco de barbilla la recogida, por parte de ellos mismos y de una caja que allí había, de las llaves de las aulas. Todo ello desde su puesto de mando y moviendo exclusivamente la cabeza. Analizando horas después el funcionamiento del centro, me percaté de que lejos de contar, por ejemplo, con un horario propio de un centro educativo, respondía más al de un comercio u oficina. Preguntando al respecto, la respuesta fue tajante: el ordenanza era el único funcionario del centro, el que vivía allí y el que tenía la llave del mismo; no pregunté más pues las conclusiones eran obvias. Muchas más singularidades se habían atrincherado en aquella institución docente que, más que del s. XXI, parecía anclada en el XIX. Mis propuestas fueron contundentes: había que agitar contundentemente el árbol para que cayesen las manzanas. 15 días después, el jefe de estudios me llamó: los profesores preferían dejar todo como estaba; no compensaba revisar estructuras no fuese que les afectasen también a ellos. Me abonaron las 3 sesiones y dicen que la vida siguió igual por aquellos lares.