TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


El maestro

¿Cómo ser maestro hoy en día?Es una pregunta sencilla con una difícil respuesta. Al maestro se le exige cada vez más y cada vez recibe menos. Al menos, el buen maestro debería recibir de la sociedad en su conjunto y de su derredor (padres, alumnos, otros profesores, administración), más respeto, comprensión, confianza, sin las cuales su labor indudablemente se ve mermada, coartada. Si consentimos que se degrade su autoridad, ese halo distintivo que debería tener el depositario de la educación de nuestros hijos y que la sociedad y unas leyes contrarias al sentido común le vienen quitando, una buena educación no es posible. Mal vamos cuando no nos damos cuenta de que el maestro es algo más que un mero trasmisor de conocimientos: El buen maestro es además, o así debería ser, un consejero cuya fidelidad al magisterio no debería ponerse en duda. Sobre esto en el Persiles nos dice Cervantes cuales son los requisitos que debe tener un buen consejero: «El que lo ha de ser requiere tener tres calidades: la primera, autoridad; la segunda, prudencia, y la tercera, ser llamado».  Hoy, lamentablemente, la autoridad se le ha quitado; la prudencia no es tenida en cuenta, en algunos casos ni siquiera por los profesores, y no hay ningún requisito que se cumpla, ni siquiera la tercera condición. El ser llamado es la vocación, no solamente aprobar una oposición con la pretensión de tener un sueldo aceptable que algunos no merecen y para otros es claramente injusto. Según esta el asunto no siempre se llama al que más conviene a los intereses de los alumnos, y si no me creen fíjense en los requisitos que se exigen a algunos candidatos en la mayoría de las comunidades, en los que es más importante el idioma o las leyes autonómicas, donde se protegen a maestros que no tienen ningún interés en enseñar y que solo ven en la enseñanza una carrera profesional, una fuente de ingresos, o una manera de inculcar ideología en las futuras generaciones. A los advenedizos ¡fuera!
Yo he sido profesor varios lustros, a mis clases venían jóvenes y adultos, y he podido comprobar de primera mano que el nivel de conocimientos y capacidad de lectura, escritura y comprensión, eran mayores casi siempre en los que tenían la EGB que en los que tenían la ESO. El respeto y la educación también eran mayores, y no creo que fuera sólo por cuestión de edad. Ahora me siguen llamando, pero quieren un profesor devaluado, dispuesto a viajar, a cobrar menos, a realizar papeleos interminables en formatos que cambian todos los años y sin que nadie supervise adecuadamente si esa formación ha tenido la repercusión que se esperaba en el alumno, sin que nadie se preocupe por el docente al que dando por pagado no preocupa a nadie, con lo cual el docente también se despreocupa y asiste a las clases con la actitud del que tramita un documento oficial debidamente cumplimentado según los estándares de calidad y control que le propongan, casi siempre por el correo electrónico. Mal vamos…
Hay muchos niños que dicen constantemente «no me gusta» y hay muchos mayores que nunca se han planteado si lo que hacían les gustaba o no, simplemente lo hacían porque sabían que tenían que hacerlo. Los que entienden saben que hay un grave problema, para ello os remito al libro de un hijo de Almodóvar del Pinar, Manuel Navarro, Analisis del fracaso del sistema educativo español (1985-2014), libro que me ha servido de orientación ya en algún artículo anterior. Sin conocimientos no hay rigor crítico, aunque puedan criticar; «no podrán ser creativos, ni aprender por si solos, porque no saben; no adquirirán el sentido de la libertad personal, porque carecen del sentido de respeto al entorno que les rodea; no sabrán como ir limando desigualdades porque están adoctrinados por el igualitarismo…». 
En la era de los internautas hay muchos jóvenes ensoberbecidos, pelanas de barba hirsuta que se creen sabiondos, que son como el hijo al que unos padres analfabetos con mucho esfuerzo le dieron carrera, esos padres que abandonaron su casa aprisco en lo profundo de la serranía para ir a la capi en busca de una vida mejor para ellos y sus hijos. Hijos que vuelven no valoran el esfuerzo de sus padres, sus primeros educadores.