LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


El indulto

Oriol Junqueras ha salido de la cárcel a los cinco meses de la condena de trece años que le impuso el Tribunal Supremo por un delito de sedición. La abnegación de este hombre y el Gobierno que lo ampara parece no tener fin ni límite alguno. En plena plaga coronavírica, Junqueras deja el confort de la prisión de Lledoners y se lanza a la calle para dar clases en una universidad, que a saber si algún alumno no llega con el virus entre carpetas. Luego hay quien se le ocurre hablar de trato de favor, cuando a la vista está que el peligro para Junqueras fuera de la cárcel es mayor que dentro. Oriol ya está reinsertado y da clases a gentes que igual no hablan catalán. Un respeto, por favor.
Los de la trena del procés apenas le han costado nada al Estado, porque a la vista está que apenas han entrado en prisión. Otro ahorro al contribuyente que nadie sabe apreciar. Pedro Sánchez ha dado normalidad a la situación soltándolos en plena propagación del coronavirus, exponiéndolos al riesgo sin límite de contagio que ofrece hoy en día la vida sin más. Junqueras podrá hacer campaña electoral y lo elevarán a categoría de mártir civil. Lo tocarán, le darán besos, lo ensalzarán, lo subirán a hombros y su piel toda, entera y extensa se verá expuesta sin más a un contagio imprevisible. Bueno, eso sí, lo contagiará un catalán si acaso, en esto no vamos a andarnos con tonterías.
Al primer estornudo fuera de la cárcel, sucumbirán los servicios sanitarios para hacer la prueba fehaciente de que el líder se ha contagiado. Será la prueba del pañuelo, como la de la virginidad de las gitanas. Podremos entonces decir sin temor a equivocarnos que la patria catalana ya tiene un prohombre o protomártir cuya figura alcanza a la del Velloso, Berenguer, Casanova y el Bruch. Junqueras proclamará entonces la República Catalana del Coronavirus e invitará a Puigdemont a que venga cuando le plazca. Entonces el felón volverá a huir y quedará retratado como lo que es. Cobarde.
Todos son ventajas con este indulto encubierto que el Gobierno ha consentido delante de los ojos de los españoles. Un indulto sin mascarillas, sin cuarentena, a la pata la llana, hecho de interpretaciones y sobreentendidos. La mesa de diálogo ya puede funcionar aunque haya mascarillas. No pasa nada, porque entre que unos hablan castellano y otros catalán, hará falta un traductor chino que domine las dos lenguas y el inglés, que es el idioma internacional. El intérprete chino estará empadronado en Vic, claro.
La República Coronavírica Catalana era el as en la manga que guardaba Pedro Sánchez y que ni Iván Redondo sabía. Lo mira de soslayo y se pone mascarilla, como la vicepresidenta y la ministra de igualdad, que se contagian sin saberlo con el rabillo del ojo. Junqueras es un hombre feliz a medias, pues sabe lo que deja atrás y que a partir de ahora nada será fácil. Puede ser la caída al precipicio o la elevación a las alturas, según aparezca o no el Coronavirus. La campaña electoral se hará con mascarillas y las nacionalidades históricas verán reconocido su hecho diferencial. La inteligencia de Sánchez no está en los manuales, ni en los de resistencia ni en los de la paciencia. Pedro presuponía el indulto, pero jamás pensó que le fuera tan fácil. Los leones del Congreso han pedido mascarillas cuanto antes.