NUEVO SURCO

Javier López


Metidos en una botella

Me encuentro totalmente superado. ¿Qué escribir que aporte algo? El periodista contempla atónito lo que nos está ocurriendo sin saber a veces cómo meter mano a este gran drama. Los frentes son múltiples. El asunto de las residencias de ancianos me supera. ¿Qué decir, qué valorar?. Con contarlo es suficiente y que cada uno extraiga sus propias consecuencias. ¿Podemos llegar a ser alimañas en situaciones como la que estamos viviendo o estamos muertos de miedo?. Si lo vemos por otro prisma más amable, podríamos poner el foco en la red de voluntarios que se organizan en las ciudades para facilitar la vida a las personas mayores que viven en soledad. Por poner ejemplos distintos a la labor encomiable de nuestros sanitarios o nuestro ejército. Si lo tomamos por el lado más sórdido nos podemos topar con los vecinos de una calle increpando a un niño autista que ha salido a dar un paseo. Si no lo hace, enloquece por completo.
Estamos bloqueados, y, en cambio, nuestro confinamiento se ha convertido en un continuo bullicio comunicativo hasta el punto de saturar el ambiente con ruidos totalmente disfuncionales. Es posible que antes, durante las grandes pandemias, las gentes encerradas rezaran el rosario a todas horas, o por el contrario, maldijeran a lo alto por la mala fortuna recibida. Quizá otros agotarán  el vino de las despensas en un ‘a vivir que son dos días’. Nosotros pretendemos estar interconectados todo el día y a todas horas, hacernos ver de alguna manera, como queriendo estar metidos en una botella transparente. Y así las redes echan humo con un ejército de youtubers recién llegados: el periodist@ grabando su apresurado análisis de situación, el psicólog@ queriendo reconfortar las horas de encierro, o el sacerdote subiendo la tensión espiritual de su parroquia. Y también el cociner@, el gimnast@ y hasta aquellos vendedores de enciclopedias que ya los teníamos por desaparecidos. Cada uno desde su botella de cristal transparente. Mi gran amigo de la infancia, que es sacerdote, fue muy sabio. «Corto porque esto satura y no aporta nada. Mejor haré un breve video los domingos para hacerme presente». Juanje siempre ha sido muy inteligente, y demuestra una gran sensibilidad.
En mi confinamiento, el domingo y el sábado hemos decidido poner vino en la mesa para tomar conciencia del fin de semana. Lo recomiendan los expertos. El resto de los días, intentar mantener una rutina, un esquema, trocear la jornada de alguna manera para no verse sumergido en el sinsentido de la molicie o la monotonía más absoluta. Nunca nos hemos visto en otra. Sin embargo, como si las noticias no fueran lo suficientemente duras, tétricas y terribles, todavía se pueden escuchar mensajes descriptivos de un apocalipsis extremo y brutal en el que solamente falta una tropa de zombies paseándose  por los pasillos de los hospitales. Mensajes que crean en todos nosotros una sobrexitación pertinaz que nos hará llevar muy mal este destierro sobrevenido.
El colapso social está siendo brutal, y solamente nos salva nuestra inconmesurable y única capacidad para el humor. Mi madre está empeñada en guardar todos los chistes, los memes y las genialidades lanzadas a cada minuto. ¿Acaso se puede guardar el mar en un botella?. No se me ocurre otra cosa que envolverlas en un lustroso rollo de papel higiénico, y promover una campaña para que nuestro humor patrio, tan único en el mundo y con una calidad pareja a la de nuestra sanidad pública, sea declarado patrimonio de la humanidad. Sí, como la catedral de Toledo, la Sagrada Familia de Barcelona o el acueducto de Segovia. El humor es el gran patrimonio del españolito de infantería que asiste atónito y desconcertado a un espectáculo que jamás imaginó ver porque pensó que estas cosas eran agua pasada que los más mayores de entre las generaciones presentes apenas tocaron con la infancia.
Pero así estamos, instalados ya de lleno en el gran confinamiento, como náufragos alegres en nuestros balcones y asustados en nuestros interiores porque es sabido que: «el español canta cuando sus penas espanta». Como náufragos metidos en una botella transparente mientras suena aquella canción eléctrica de The Police; ‘Enviaré un SOS al mundo. Espero que alguien encuentre mi mensaje en una botella’. Y con la certeza de que todo terminará: ‘Salí a caminar esta mañana, no puedo creer lo que vi. Había cien millones de botellas varadas en la playa, y vi que no estaba tan solo, después de todo’.  A cuidarse, o como nos diría Lola Flores: ‘Si me queréis, confinarse’.



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