NUEVO SURCO

Javier López


Jóvenes sin futuro real

A finales de pasado mes de septiembre en una protesta global contra el cambio climático le preguntaron a una estudiante toledana en la plaza de Zocodover sobre su motivación a la hora de acudir a aquella manifestación. «Hay gente que no se plantea hacer una familia porque no ven para ellos un futuro real», dijo literalmente. Lo escuché y lo anoté. La contestación me dejo boquiabierto. Aquello del ‘futuro real’ era muy cierto, pero ¿qué tiene que ver el desastre del cambio climático con ese otro desastre de la precariedad, de la falta de perspectivas para los jóvenes? Claro que casi todo está interconectado, y lo que ocurre en la Amazonia terminará influyendo en nuestros puestos de trabajo porque finalmente forma parte de un irracional modo de producir y de consumir. Y lo que está ocurriendo en el Mar Menor afectará sin duda al trabajo generado en La Manga, pero esto son análisis a posteriori desde la racionalidad, pero a píe de calle, en la emoción de la manifestación, hay una desconexión brutal entre lo que pone en la pancarta de la ‘protesta X’ y el motivo profundo que lleva a algunas personas a ponerse detrás de ellas. Especialmente entre los que se incorporan ahora a la vida pública y laboral.
Tengo para mí que muchos jóvenes españoles, que no atisban para ellos un futuro real, como decía nuestra estudiante toledana contra el cambio climático, viven su asunto y su problema muy mal enfocado. El desenfoque es brutal. Y ha ocurrido algo así estos días en Cataluña donde los  jóvenes bárbaros del independentismo catalán han llenado de desolación las calles, guionizando una kale borroka de alta intensidad con la fantasía de ser la punta de lanza, la vanguardia revolucionaria, en la proclamación de la independencia. No le ha podido salir mejor la jugada a aquel ‘pujolismo’ amparado por la burguesía catalana más dada a la corrupción que tener como masa de maniobra, en el punto culminante del entuerto entretejido durante décadas, a una muchachada tan dispuesta y entregada.  Nuevamente un ejército de jóvenes sin futuro real sirviendo de coartada para que al día siguiente Quim Torra saliera a la palestra exigiendo negociación tras la violencia extrema  en un implícito «estos son mis poderes».
Aunque, ¿ven estos chicos y estas chicas un futuro real para ellos? ¿No será que esa falta de perspectivas es suplida en muchos casos con la ensoñación de la república catalana?. Me dicen que en las protestas y en las barricadas de Paseo de Gracia y Vía Layetana también estuvieron ‘niños bien’, hijos de familias acomodadas con siete apellidos catalanes. Pero igualmente escuchamos voces muy reconocibles de descendientes de obreros extremeños y andaluces, catalanes de segunda y tercera generación que han crecido con la matraca independentista en alto voltaje como si la Cataluña que prosperó no se hubiera mimetizado con una rumba en el barrio de Gracia, sin cuya mano de obra el desarrollo catalán no hubiera sido posible.
Lo cierto es que tras la sentencia del Supremo el independentismo catalán se ha plantado en la calle sin revolución de la sonrisa y  con la violencia de unos muchachos y muchachas a los que se riñe, muy con la boca pequeña, desde instancias superiores. Las instancias y las estancias lúgubres y siniestras presididas por Quim Torra,  ese gran okupa del Estado español, tan rancio y casposo, pero que paradójicamente es oficialmente el representante de ese mismo Estado en el territorio catalán. Los Mossos D’Esquadra, con la Policía Nacional y la Guardia Civil, han tenido que hilar muy fino. La violencia ha sido agotadora. Y ahora el problema político continúa abierto. España tiene la obligación de afirmarse en Cataluña, pero también de integrar mucho mejor la catalanidad en el espacio común de todos. Tras la sentencia y la violencia queda, sobre todo, un problema de educación y de sentimientos, y tanto lo uno como lo otro ha sido manejado a su antojo por los independentistas durante décadas.
Al mismo tiempo que Barcelona ardía, la princesa de Asturias se estrenaba en un discurso oficial, dándonos  una imagen absolutamente entrañable y amable de la Monarquía. Como si todavía eso fuera posible en esta España. Aquella imagen solida a la vez que tierna fue como un bálsamo para aliviar la herida que estábamos viendo en directo y de forma paralela en los especiales informativos, tan contundentemente amarga como los adoquines que lanzaban los bárbaros contra la democracia y la unidad de los españoles.