La gran pantalla regresa al pasado

David Villafranca (EFE)
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El autocine deja de ser un recuerdo y se convierte en un salvavidas ante el cierre de las salas a causa del coronavirus

La gran pantalla regresa al pasado

Todos los cines de Estados Unidos están cerrados por culpa de la pandemia de coronavirus. ¿Todos? ¡No! Unos pocos resisten todavía a los efectos de la crisis sanitaria: los autocines, las únicas pantallas grandes que funcionan estos días, envueltas en la nostalgia y gracias al refugio de los coches.
Los drive-in parecían ya una opción solo para ocasiones especiales, un recuerdo de otra época con escasas posibilidades de competir con las salas de sillones acolchados y todo tipo de comodidades.
Pero tal vez con el coronavirus, los autocines hayan encontrado un nuevo momento para brillar, ya que ofrecen distanciamiento social, el mínimo contacto personal, se basan en el vehículo como entorno seguro, y, sobre todo, hacen posible un lujo durante la pandemia: volver a disfrutar del cine en la gran pantalla.
En un atardecer californiano sorprendentemente falto de contaminación, los vehículos comienzan a tomar posiciones en Mission Tiki Drive-in. Este autocine de Montclair, situado a unos 50 kilómetros al este de Los Ángeles (EEUU), es el único de este tipo del sur de California que continúa abierto entre el enredo de normativas locales, estatales y de condados que regulan la crisis. Con una decoración inspirada en las culturas de la Polinesia, Mission Tiki mantiene sus cuatro pantallas con sesiones dobles y entradas a nueve dólares por coche.
Comprar el ticket es el único momento obligatorio de contacto personal, por lo que el taquillero acude a la ventanilla con guantes y mascarilla para protegerse.
Eso sí, hay reglas especiales por el coronavirus: «No puedes aparcar tu vehículo a menos de tres metros de otro, debes ver la película desde dentro y debes respetar la distancia social en todo momento».
Unas indicaciones que siguió la veintena de coches que optaron semanas atrás por la magia de Pixar en Onward junto a los chistes cafres de Impractical Jokers.

 

Un negocio muy planificado

En los autocines todo está pensado: la cinta se escucha sintonizando una frecuencia en la radio, la proyección no comienza hasta que el sol se ha puesto, y las plazas del parking están ligeramente en pendiente para que ninguna furgoneta tape a los automóviles por muy pequeños que sean.
Y ante la previsible falta de películas nuevas, ya que Hollywood ha aplazado todos los estrenos de los próximos meses, en Mission Tiki están tranquilos: días atrás ya tiraron de recuerdos con un programa doble de Indiana Jones.
Este negocio es un ejemplo de California, pero hay más autocines abiertos por todo EEUU: West Wind en Arizona, Chief en Oklahoma, Ocala en Florida... o Tiger, una zona rural del norte de Georgia.
«Mi mujer se crió en Tiger, porque su padre abrió el negocio en 1954», explica Tom Major, el propietario de este establecimiento. «Lo cerró en 1984, pero en 2004 mi esposa me dijo: ‘Quiero mi autocine de vuelta’. Yo le contesté: ‘Cariño, aquí solo viven 300 personas (...), no me hagas esto’. Pero al final me las tuve que apañar», bromea.
A diferencia de otros autocines del país norteamericano, Tiger Drive-In se vio en la obligación de cerrar durante unas semanas. Pero ahora ya han regresado las proyecciones, con una sesión doble de Dolittle y Grease, aprovechando la controvertida reapertura de negocios que han aprobado las autoridades de Georgia.
No obstante, Major asegura que han tomado medidas excepcionales. De los 220 vehículos que tienen de aforo máximo han pasado a 70, solo una persona de cada coche puede ir a por comida, han puesto un par de baños portátiles adicionales para evitar las aglomeraciones y hay gel desinfectante disponible para todo el público.
Major señala que la gente de su comunidad está emocionada ante la posibilidad de salir de casa e ir al cine tras varias semanas de confinamiento y destaca que, con un parque infantil, área de acampada y comida a la parrilla, su negocio siempre ha sido una experiencia «muy social».
«Tiger Drive-in es todo de hierba, así que es como ir al parque pero, además, viendo una película y yendo a un restaurante», indica.

 

Supervivientes

Aunque el imaginario colectivo asocia los drive-in a décadas pasadas, a escenas de películas como Grease, o a parejas que van allí en sus coches buscando aún más intimidad que en las últimas filas de las salas, los autocines se mantienen como una propuesta anecdótica en la exhibición que se resiste a morir.
Según la Asociación de Propietarios Unidos de Autocines (UDITOA), en EEUU había a finales del año pasado 305 cines al aire libre con 549 pantallas en total.
Desde su pequeño negocio en Georgia, Major defiende que en los últimos dos o tres años han empezado a remontar y basa su percepción en argumentos evocadores como el encanto de ver una cinta «bajo las estrellas» y también en su propia cuenta de resultados.
«Nosotros probablemente crecemos al menos un 20 por ciento cada año. Y mucho de eso tiene que ver con que tenemos un negocio muy orientado a las familias: la gente busca algo único para hacer con su familia, encuentra esto y recorren hasta 200 kilómetros para venir aquí», asegura.