No hay peor padre, peor educador o peor responsable que aquél que permite a un niño todos los caprichos… y luego critica al chaval, pretende reeducarle cuando ya es demasiado tarde y, finalmente, tira de castigo para corregir aquello que su propia indolencia ha provocado.

La FIFA, la UEFA o las distintas federaciones nacionales no son padres ni educadores, pero sí responsables de que el fútbol no se convierta en un capricho de niños ricos, pero han consentido todo a determinados personajes, todos oligarcas, casi todos provenientes del petrodólar. No sólo no se ha legislado sobre la forma en la que podían o no podían comprar clubes, sino que como 'castigo' se les dio un Mundial (2022) que tendrá que jugarse en invierno. Han ido entrando patrocinadores de matute en las grandes casas legisladoras de este deporte y, por tanto, el juego está corrupto antes de que la pelota ruede porque esos jeques, emires, sultanes e hijos de papá con ganas de poner el culo en un palco han podido hacer de todo…

Pero entonces llega el momento de lucir el poder, músculo en los mercados, lo que más les gusta a los billonarios del mundo, y les dicen que no. Que si el 'fair play' financiero, etcétera. O sea, dicen, me has permitido llegar hasta aquí, aceptas mis donativos y patrocinios, me has dado siempre lo que he querido… ¿Y ahora no me dejas hacer aquello para lo que he venido? Estamos en la antesala de que un puñado de niños caprichosos (el Newcastle, adquirido por el fondo soberano de Arabia Saudí -prepara 1.000 millones para fichar… si le dejan-, compra denunciada por Amnistía Internacional por «crímenes contra la humanidad») se plante ante ante los organismos reguladores y funden torneos en los que se pueda hacer de todo. Lo que sucede cuando das poder a quien no sabe gestionarlo



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