EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Consecuencias del confinamiento

10/05/2020

Este largo tiempo de encierro domiciliario se acerca a su fin. Vuelvo a repetir que, aparte de constatar que ha sido duro y penoso, no soy experto para valorar su eficacia ni estoy al tanto de la causa por la que el Gobierno mantiene el estado de alarma, pero debo creer que es por razones sanitarias y no para tener las manos libres para escribir en el BOE cualquier abuso de poder.
Los psicólogos estudian el comportamiento de los ciudadanos durante la cuarentena, especialmente en aquellos que la han vivido en situaciones penosas, sea por estar en espacios reducidos o en una convivencia incómoda. Parece que la resultante posterior entre parejas puede ser o el embarazo o el divorcio, que es una manera de expresar que el encierro puede haber sido un tiempo de reflexión y reencuentro o de impaciencia y acritud. Otra mortificación del consumidor de televisión es la incertidumbre y desconfianza ante los mensajes del oráculo para el que las mascarillas «tienen sus días» pues pueden ser innecesarias o recomendables u obligatorias, según convenga. Se añade la sensación de impotencia de no poder intervenir en la realidad, como no sea aplaudiendo.
Como consecuencia de lo anterior, y en primer lugar, se ha observado que en los recluidos se genera un estrés post-traumático (PTSD), propio de los que han sufrido una grave situación, que marca su vida. Toma la forma de variaciones de carácter, descontrol, alternancias de insensibilidad o hiperestesia, recelo y tendencias autodestructivas. Una de las sensaciones imborrables o «recuerdos intrusivos» es haber perdido a un ser querido sin haberle podido dar un abrazo y una palabra de consuelo. Y los afectados caen en el pasotismo, el consumo de drogas, la delincuencia y el suicidio. Sin embargo, hay otros que han encontrado beneficioso el confinamiento hasta el punto de añorarlo, como explicaré más abajo.
Es de suponer que una cuarentena de poco tiempo produce a su final una estampida en procura del aire de la calle, los bares y las fiestas pues creo de uso general lo que José María Herrera atribuye a los andaluces: «Somos hospitalarios, pero en la calle». Si, por el contrario, el encierro es largo puede crearse una adicción morbosa al confinamiento y que la gente vacile antes de dar un primer paso hacia afuera. Es un síndrome parecido al de Estocolmo y que recibe el nombre de «síndrome de la cabaña», porque la persona se ha adaptado a la reclusión y generado un miedo a lo exterior. Y más aún cuando el porvenir ahí fuera es sombrío.
Pero esa «cabaña» no es sólo negativa, porque desde el claustro del hogar hemos sabido que fuera el mundo estaba limpio y sin ruidos y por las avenidas se paseaban los gamos y los pavos reales. Aunque al precio de una ruina económica, sentíamos la felicidad primitiva de lo natural y la llamada a rehumanizarnos.
Creo que esta reclusión para unos ha sido traumatizante y para otros saludable, pues hemos aprendido que nuestra «normalidad» carece de humanidad. Muchos confiesan ahora su horror a volver a la rutina, a las prisas y al estrés: «Yo estaba al borde del burn-out, y apareció este bendito confinamiento, para desacelerar, reinventarme, y pensar cómo ser mejor persona».
Quieran los dioses que este virus, que nos mata el cuerpo, nos alivie el alma.