TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Mi Semana Santa

03/04/2020

Hay una canción de misa que nos interpela, y que me viene a la cabeza muchas veces: «que es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder». Y yo me he atrevido a versionarla de muchas maneras, en una de ellas digo «¿qué es el móvil para que a todas horas te acuerdes de él, ese cacharro para darle tanto poder?». Y no es mal principio para un semanasantero como yo, que prefiere un pueblo vacío, aún sin cobertura en el móvil, antes que una procesión de descreídos llena y repleta de mirones que ven lo que no han tenido tiempo de ver en todo el año, de mirones a lo smartphone que en el recogimiento de muchos también se recoge, o se esconde, sin ser visto por otros ojos distraídos. También los hay de -¡aquí estoy yo!, ¿no me vistes? A esos les digo que aprovechen para ver las fotos y videos de otros años, un replay de tan portentoso acontecimiento inusitado en estos tiempos de peste bíblica, o negra. Esta Semana Santa, lo queramos o no, el recogimiento será obligatorio, por ley y por amor a los demás. La libertad de orar en silencio la seguimos teniendo, y esa libertad para el cristiano siempre ha sido la más preciada. Y hasta puede que el móvil sea más necesario que nunca para trasmitir consuelo y esperanza. Ya no se ven por la calle gente con vestidos de romano o túnicas bereberes, ni minifaldas o campanudos pantalones de otra época, ni la túnica violeta con la cruz o el capuz. Este año me quedaré casa, sin escaparates donde ver o ser visto, y sin procesiones, pero la Semana Santa la tengo cerca, solo tengo que imaginar cómo quiero vivirla y disfrutarla en medio de acontecimientos dolorosos. La Semana Santa eleva la mirada y el llanto del hombre a los cielos, por un tal Jesús muerto en una cruz que se empeñó en mostrar el camino para llegar en buenas condiciones a las alturas, algo que muchos todavía no entienden, yo mismo. Y encima se da el lujazo de volver y decir, ¡que he vuelto, que estoy aquí, que ya os avise y no me creísteis! Cosas de un resucitado… Y además lo hizo después de estar en el desierto durante cuarenta días orando.
Un anacoreta nunca se quedaría sin la semana santa, la viviría sin horarios (no tenía reloj, creo, al menos suizo), y si era como yo algún oficio se le escaparía, y yo creo que en eso consiste la libertad, la de conciencia y moral del que va a su bola (cuasi mentira, que no hay libertad sin sacrificio), otros dicen puta bola los mismo que a veces me parecen que viven en tinieblas, que yo sé lo que es pasar por ellas. Yo tengo un presente y unos deberes a los que me someto con gusto, a pesar de los disgustos que son siempre menos que los gozos, que después de la tempestad viene la calma, etcétera.
Martín Luther King decía que «si el hombre no ha descubierto nada por lo que morir, no es digno de vivir», y ahora recordamos que alguien murió por nosotros. «Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos» (Luther King). Hoy, en este tiempo fuerte para los creyentes, en el que ni siquiera podemos gastar lo poco que tenemos, quizá tengamos más tiempo de amar, de practicar lo que nadie nos puede quitar, el amor, que es consuelo de pobres, alegría de quien da vida, el pasaporte que llega donde no llegan los aviones. El amor transforma en alegría el dolor de los hospitales, convierte en ilusión y esperanza el sufrimiento, es esa lágrima que cae cuando alguien se nos va. Estamos en Semana Santa, y los pasos que vemos son otros, esos que conducirán a la victoria, esos que dan los que trabajan en los hospitales o en los geriátricos, que cuidan a los enfermos o a sus hijos, ahora insoportables. Hay que dar ese primer paso aún a sabiendas de que habrá que dar muchos más. El resto del camino lo veremos a medida que avancemos, un camino de fe y esperanza. Unos llevan a cuestas el sufrimiento del hombre y otros una cruz. Otros ya nos esperan, no importa, lo importante cargar con nuestra cruz para liberar al mundo de tanto sufrimiento y que el mundo sea redimido.
Quiero terminar con San Bernardo, él nos decía que “el desconocimiento propio genera soberbia; pero el desconocimiento de Dios genera desesperación”…