NOTAS AL PIE

Javier D. Bazaga


En campaña

Asomados ya al precipicio como estamos, puede que la mejor opción sea ésta, la del mal menor. Va a resultar al final que la repetición electoral se va a antojar como la mejor fórmula contra este bloqueo político ante la incapacidad de los líderes de salir de la parálisis en la que se han instalado, y parece que cómodamente.
Ya con las elecciones a la vuelta de la esquina, salvo sorpresa de última hora, el miércoles pasado asistimos a una nueva entrega de la lucha por el relato de la culpabilidad en el Congreso. Pablo Iglesias intentó ya en el tiempo de descuento un nuevo gesto para intentar sentarse directamente con Pedro Sánchez y convencerle de que se retomen las negociaciones desde donde se quedaron en el mes de julio, con la última oferta socialista como punto de partida. La misma que el propio Iglesias rechazó y que a día de hoy lamenta haber hecho. Por eso su intento parece más un camino hacia la expiación que una verdadera oferta de diálogo. Una forma de querer hacer ver a la ciudadanía que el responsable es el otro y evitar así su caída a la irrelevancia política, según le auguran las encuestas.
Pedro Sánchez no se quedó atrás en esto. Recordó a Iglesias que le hizo hasta cinco propuestas distintas, y miró a su derecha para advertir a PP y Ciudadanos de que una repetición electoral también pesaría sobre sus hombros. «Absténganse» les imploró como fórmula para garantizar la estabilidad política, la confianza en las instituciones y la financiación para las comunidades autónomas que están esperando los pagos a cuenta para poder sufragar los servicios públicos. Lo malo es que esa petición de abstención pierde fuerza cuando se le recuerda que él mismo prefirió en 2016 el suicidio político antes que dar su abstención a Mariano Rajoy con una expresión que convirtió en bandera: «no es no».
Lo pidió también el Círculo de Empresarios. Es preferible la repetición electoral que un gobierno parlamentariamente débil, o uno apoyado en Podemos. Claro que el mismo presidente de la organización reconocía que el resultado puede acabar siendo el mismo, o no, porque el cabreo de la gente ante el espectáculo que se está ofreciendo, con negociaciones que no son tales, ofertas de colaboración irrenunciables para unos pero inadmisibles para otros, puede acabar dando la sorpresa.
Todos aseguraban el miércoles no querer unas nuevas elecciones, pero están cada vez más cerca. Todos quieren poner en marcha el reloj de la democracia, pero nadie le quiere dar cuerda. Y mientras el tiempo sigue corriendo para el resto de los ciudadanos y de las empresas. Ya no es ningún secreto que existen síntomas de desaceleración económica, que pueden agravarse en un entorno comercial global hostil e incierto. Pero nada oye, habrá que esperar a que se agote el plazo para constatar lo que los ciudadanos ya sospechábamos: que estamos en campaña electoral.