APUNTES

Pedro Calvo Hernando

Escritor y periodista


España federal, con Cataluña dentro

Cuando escribo, PSOE y Unidas Podemos seguían a un paso de cerrar su coalición. Han sido días de agitación intelectual y de reflexión política, cosas que eran exigidas por los meses de antecedentes en los que daba la impresión de que la realidad iba ser la contraria. Al parecer, lo que últimamente predominaba era lo sucedido en las elecciones generales del 10 de noviembre, que hacían imposible esperar a que las circunstancias y los comportamientos nos fuesen a llevar de la mano a las terceras generales. Todos parecían de acuerdo en que esto sería un gran desastre. Al menos desde la perspectiva de la izquierda.

Hay que avanzar y superar los comportamientos desastrosos. Y no sé si sería necesaria una explicación convincente sobre lo sucedido desde las generales del 28 de abril. Lo digo porque estoy convencido de que lo único importante ahora es salir del atolladero o del bloqueo, como lo queramos llamar. La actitud y el talante de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias han dado un gran giro al menos de 180 grados. El acuerdo del abrazo del 12 de noviembre es el comienzo de una nueva historia, que no puede torcerse o fracasar, a no ser que todos se vuelvan locos y tiren por la borda todos los trabajos y los sueños acumulados durante la primavera, el verano y sobre todo el otoño.

Llegó un momento en que se produjo el gran chispazo de la sentencia condenatoria del caso ERE, que conmocionó cielos y tierra, pero que pronto se vio que no iba a ser capaz de alterar sustancialmente el desarrollo de las cosas. Tal vez sobre todo porque, se pongan como se pongan en la derecha, carece de todo crédito eso de atribuir a la sentencia de Sevilla una capacidad de ruptura de la marcha de las cosas que altere el orden natural de las mismas. Por importante que sea esa sentencia, hay que advertir en primer lugar que no es una sentencia firme, y que los hechos delictivos que ahí se manejan, con ser muy importantes, que lo son, no le llegan ni en sueños a la importancia brutal de las docenas de grandes casos de corrupción que asolan al PP y que lo llevaron a caer del poder en la moción de censura del año pasado protagonizada por Pedro Sánchez y el PSOE.

Ahora, el gran problema de Cataluña recupera todo su protagonismo, si es que en algún momento había perdido algún pedacito del mismo. La derecha sigue, impertérrita, sin conmoverse, aparentemente ante la necesidad de que se produzca en su seno un claro cambio político que la sitúe en un lugar inteligente en esta pugna histórica en torno a la estructura política y organizativa de lo que llamamos España desde hace más de quinientos años.

Las cosas están cambiando, queramos verlo y reconocerlo o no queramos. La punta del iceberg del cambio la protagoniza Esquerra Republicana de Catalunya, especiamente con la actitud general de Gabriel Rufián, el personaje que reúne todos los requisitos para personalizar un especial protagonismo en esta complicadísima historia, que es el lugar y el papel del conflicto catalán en la coyuntura de estos comienzos del siglo XXI. El PSC recuerda con energía que su deber es insistir en que se reconozca a Cataluña como nación y a España como país plurinacional, sin que ello toque a la permanencia de Cataluña como parte del Estado español. Esto ya quedó solventado en el seno del socialismo español y catalán. Ese es el eje sobre el que ha de girar el gran problema del presente. La solución no puede estar nada más que ahí, que debería ser una solución satisfactoria para la gran mayoría: España una, pero plurinacional y Cataluña ahí dentro, como parte muy importante de ese Estado federal. Porque ni el separatismo ni el centralismo sirven como solución de nada.