ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


Lenguas diferentes

18/04/2020

Mientras espera a que hombres, mujeres, burros, mulas, carros, jaulas de gallinas, patos o palomas, pastores, aguadores y otros paguen el portazgo, Gerardo intuye que será ajeno a la ciudad si no conoce las lenguas que  escucha. Es un ruidoso  revoltijo de sonidos. En el árabe  no todas las palabras suenan igual.  Unas,  las más suaves, tal vez, procedan de Siria; otras, mas toscas y, en ocasiones, incomprensibles, provendrán del desierto o de  las aldeas del Atlas. Los comerciantes hablan hebreo. Y como de fondo, de vez en cuando, se oye el idioma oscuro de los francos o el griego de los puertos de Sicilia.
Lo que más le sorprende, sin embargo,  es una retahíla de vocablos, nunca oídos, que parecen latín. Él habla el latín popular de Cremona o de Bolonia. En Toledo suena diferente. Comprenderá más tarde que la jerga, que apenas entiende,  es la denominada ‘Lingua Tholetana’. Estudiosos  posteriores, entre ellos, Francisco Márquez Villanueva, establecerán que se están formando los primeros vocablos de un nuevo idioma que se extenderá por el mundo: el castellano. En medio de esa algarabía de idiomas y sonidos, Gerardo se convence de que o  aprende las lenguas que se hablan en la ciudad o no podrá  acceder a la traducción del soñado ‘Almagesto’, como le ocurriera a su admirado Boecio.  
En los primeros  contactos   con la urbe ha sentido zozobra, pero no miedo. Toledo en el siglo XII es una ciudad  vertiginosa por sus logros culturales y por su actividad industrial. Nada semejante existe en Europa. La convivencia en Toledo es lo habitual. Nadie  resulta extraño en lugar donde todos son foráneos. La diversidad de lenguas ha impuesto la normalidad de las diferencias. Cuando lleve más tiempo descubrirá que esa ciudad es resultado intencionado del esfuerzo de unos  dirigentes y elites culturales y económicas que, desde hace siglos, trabajan por su esplendor. Son cristianos arabizados que han sobrevivido  a  épocas diferentes de  persecuciones religiosas o económicas. Se llaman a sí mismos mozárabes.
Pero sí convivir en la ciudad durante el día es una aventura, la noche resulta peligrosa. Se alteran los equilibrios urbanos de la luz. Por el día, activa, industriosa,  culta; en la noche, turbia y violenta. Como sucede en las ciudades populosas, la noche se convierte en el almacén en cuyas estanterías se amontonan los asuntos que no se cuentan. En sus páginas anónimas se van escribiendo las conductas más ocultas de sus moradores, sus angustias, frustraciones y fracasos.