DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Jugada maestra

García-Page ha llamado a los suyos a capítulo. El que pronuncie la palabra trifachito le lavará la boca con jabón, como a los niños. Si es necesario sacará el estropajo. Ciudadanos en el PSOE de Castilla-La Mancha es ahora el agua bendita que todo lo sana. «¿Y Madrid, presidente?» Eso apenas se divisa en lontananza, aunque seamos vecinos. Dejémoslo estar. El personal, que suele ser disciplinado, agacha las orejas ante la sugerencia del líder. No hay más que ver las redes. Todos los troles que bramaban contra un posible acuerdo entre PP, Ciudadanos y Vox para gobernar los ayuntamientos de Albacete, Ciudad Real y Guadalajara andan estos días desocupados hasta que les llegue una oportunidad. Tienen puestos de asesores para rifarse. De momento, callados, que lo que tuvieron que decir -fundamentalmente los anónimos escondidos- ya lo gritaron hasta que llegó el acuerdo.
Los que están desatados son los del PP, como si el gran culpable de todos sus males fuera exclusivamente Ciudadanos. Mal hacen los que no se miran primero a ellos mismos. Que no gobiernen en ninguna gran capital de la región sólo tiene un responsable: el propio Partido Popular, y no los naranjas travestidos en pomelos. La supuesta traición con sus votantes, al decantarse por una opción contraria a la ‘prioritaria’ que vendían Rivera y Arrimadas, la tendrán que juzgar los que depositaron la confianza en Ciudadanos. Esto es tan corto que pronto les rendirán cuentas.
Por si alguno tenía duda, lo que confirman los pactos en Castilla-La Mancha es que la nueva política es tan vieja como los colchones de lana. Se lucha por parcelas de poder, como siempre se hizo, y da igual con quien te acuestes si la coyunda es satisfactoria. La jugada de Emiliano García-Page ha sido perfecta, magistral. Primero, se encargó de liquidar a Podemos con una división que ha terminado por eliminarles del panorama regional. Después se aseguró el apoyo de Ciudadanos con continuos guiños a Giratua -correspondidos siempre- por si las cuentas no le terminaban de salir, que de sobra sabía que sí. «Hay que rematar», me dijo un miembro de su equipo diez días antes de las autonómicas. ¡Mira si remataron! Ahora, dando puestos y dinero a Ciudadanos, Page engorda la estructura regional de este partido, inexistente hasta el momento, dejando aún más grogui al PP y poniendo las luces largas, esas que sólo los animales políticos saben poner.
La gran derrota de Paco Núñez ha sido la que le han propinado con este acuerdo, mucho más que la debacle que sufrió el 26 de mayo. Aquello era de esperar. Ningún candidato se hace en seis meses. Recuerden Cospedal; en 2007, con algo más de tiempo y más apoyo del aparato de Génova se quedó a más de 100.000 votos de Barreda, sin Ciudadanos ni VOX restando apoyos al PP. Ahora, con el mejor candidato que puede tener el PSOE -más audaz electoralmente que Barreda- y con una marca devaluada, era imposible que Paco Núñez llegara mucho más lejos. Viendo la campaña en la distancia, no se le puede reprochar ninguna gran metedura de pata de las que acumuló por arrobas Suárez Illana e incluso Cospedal. ¿Se acuerdan de las casas colgantes?
Ahora no tenían cromos para cambiar con los de Rivera, cuestión que sí manejaba García-Page. Pero si Núñez quiere ver más allá del día a día, tiene que analizar lo que tiene en casa, donde acumula lastres que le hacen incluso más daño que sus contrarios. Si no se desprende de ellos y renueva un partido caduco, su único consuelo será echar la culpa a Ciudadanos o al que en ese momento pase por allí.