ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


Fotografía inquietante

Somos un país que no se entiende así mismo y no sabe cómo construir su futuro colectivo por el momento. No digo que esta impresión que  refleja  la fotografía de las últimas elecciones nos convierta en un país diferente. Nos sumamos a los países, europeos y no europeos, en los que sus ciudadanos muestran una  incapacidad manifiesta para administrar su presente y organizar su futuro. La convocatoria de elecciones era una nueva oportunidad: había que desbloquear la situación de parálisis que viene de hace años. La oportunidad la hemos desperdiciado tristemente. Lo que nos queda es un presente aún más confuso que el anterior y un territorio sometido a las tensiones de fuerzas centrifugas que, paradójicamente, afianzan a un partido  totalitario, autoritario y centralista.
Ahora jugaremos a las cábalas sobre los números para formar gobierno.  Un  entretenimiento pirotécnico que no atacará las razones de por qué la fotografía, no es que esté movida, es que está  desquiciada. Unos por cabreos inducidos, otros por indiferencia, otros por falta de conocimiento de los  poderes sanadores de la democracia, otros por intereses meramente territoriales o económicos representan la imagen de un territorio fragmentado. Sucedió algo parecido cuando se tramitó la Constitución de 1978, pero el discurso de los partidos mayoritarios y la colaboración activa de los medios de comunicación lograron frenar las fuerzas centrifugas que aparecen, con intermitencias, en la Historia de España. Con frecuencia hemos vivido bajo la amenaza de la disgregación como salida a los problemas diarios. Que en este momento Teruel consiga tener representación en el Parlamento de la Nación, además de una anécdota trágica, es todo un síntoma de esa tendencia histórica de fondo.
Sin entrar en acertijos de posibles combinaciones de gobierno -una frivolidad, ante la gravedad de los problemas reales- los partidos políticos y los medios de comunicación tienen que imponerse una urgente reflexión sobre sus comportamientos y sobre sus discursos, si quieren  que la desintegración no acabe con la democracia y con el sistema de libertades que ella implica. No sería la única vez ni el único país en vivir una experiencia semejante. Los partidos políticos tienen la obligación de esforzarse en elaborar discursos y proponer medidas efectivas que  sirvan a los ciudadanos, para que ‘las historias de la gente’ sean las historias del Gobierno, como está propugnado un sector de los demócratas en Estados Unidos. Tras la aciaga presencia de Trump, el partido demócrata y los medios de comunicación progresistas parecen haberse dado cuenta allí de qué va la cuestión. Algo similar debiera ocurrir en España. Sobre todo ante el incremento, tras el blanqueo normalizado por parte de la derecha, de un partido con planteamientos autoritarios y fundamentalistas.
El populismo de derechas   acecha y amenaza.  El riesgo es evidente, como ya se ha comprobado en Italia. Hemos perdido la oportunidad de actuar como una democracia equilibrada. Preferimos el vértigo del individualismo y obviamos la irresponsabilidad de los ciudadanos. Estos, muy sensibles a sus problemas diarios, han optado por la indiferencia o el distanciamiento. Qué lo arreglen los políticos, han debido pensar. Como si esto de España no fuera con ellos. Es fácil creer que lo que llamamos bienestar, lo podemos mantener, e incluso ampliar, en solitario. Nada más irreal. Lo que tenemos es el resultado de un proyecto, este si colectivo, que surgió cuando los ciudadanos, los partidos políticos y los medios de comunicación eligieron caminos de avance conjunto. Y frente a quienes descalifican aquella opción, las evidencias  demuestran que cuando abandonamos los procesos unitarios nos adentramos sin percibirlo en el marasmo. Claro, que en democracia, las responsabilidades afectan a todos sus actores. Eso sí, sin olvidar que los ciudadanos son los responsables últimos.