OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Chitón

Uno y medio son los partidos de fútbol que he visto en mi vida. El que vi íntegro fue el de la final que España ganó hace años. En aquella ocasión estaba con mi hija y con una amiga suya; no les gustaba el fútbol pero estaban ilusionadísimas pensando en que, si ganaba España, se bañarían en la piscina de la urbanización a media noche. El que vi a medias fue el de la semifinal previa; la insistencia de un amigo con el que yo estaba hizo que a medio partido accediese a verlo con él. Mi sensación sobre ese deporte no es la de que no me gusta; simplemente lo aborrezco. Me cansa hasta extremos indescriptibles. Solo alguien con una manera de pensar como la mía puede imaginar lo que se siente cuando en invierno, dos de cada tres noches, pones la radio y compruebas que la programación habitual ha sido sustituida por la retransmisión de un partido. Qué hartazgo. Sin duda, siendo niño dejó huella en mí la duda de uno de mis maestros, permanentemente compartía con nosotros, alusiva al nivel de inteligencia de esos 22 sujetos que se desviven por correr tras un balón. No diré tanto, sobre todo sabiendo que un pequeño puñado de ellos ganan millonadas. Ahora bien, me cuesta entender a los que lo practican y no ganan esas cantidades ni de cerca. Tampoco a los que los aplauden. Menos aun a esos «pocos» que cuando guardan el balón dan muestras de verdadera falta de solvencia e inquietud cultural e intelectual. Hace años solía bromear con mis alumnos cuando me hacían la pregunta típica de cada comienzo de curso: «Profe, ¿de qué equipo eres?» Les decía que era del Real Madrid pero solo por lo atractivas que eran las novias de sus jugadores. Ahora, no se me ocurriría contestar eso por si me acusan de machista o inductor al heteropatriarcado más rancio. Simplemente les digo que a mí lo que de verdad me gusta es la música y chitón.