TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Las rosas de quien sufre

La mujer muchas veces no es valorada en su justa dimensión, y las misioneras no son una excepción. Son también las misioneras las que han contribuido de manera decisiva en el progreso de las mujeres africanas, amparándose en aspectos políticos, sociales y religiosos. En África han nacido veintidós congregaciones religiosas nuevas, las cuales sirven de inspiración para luchar por la dignidad de la mujer africana, opuestas a costumbres aberrantes como la ablación genital femenina, que gracias a mujeres valientes se pretende erradicar antes de 2030, o el matrimonio forzado de niñas recién salidas de la pubertad. En casi toda África la economía doméstica depende principalmente del trabajo de la mujer que además de traer muchos hijos al mundo se ocupa del campo, de acarrear agua y otros menesteres. Por poner un ejemplo, en una escuela que ellas dirigen en Kisangani, República Democrática del Congo, acogen a niños y niñas de familias pobres y huérfanos a los que dan una formación escolar complementaria, alimentación, medicinas, atención sicológica a niños con traumas, uniforme escolar, libros, cuadernos, y sobre todo mucho cariño, que es siempre el mejor alimento; algo que es posible con una ayuda anual extra de unos dos mil dólares. Ellas saben que el tiempo trae las rosas, y ellas son las rosas de quien sufre.
   En África hay estados donde ellas están, como el etíope, considerado internacionalmente como un «estado-prisión», donde no rige la constitución, ni la magistratura, y el pueblo entero vive militarizado. Lugar donde la mujer es relegada y humillada por el hombre. En Sudan del Sur ni un tercio de las niñas van a la escuela. En Níger el número de mujeres alfabetizadas entre 15 y 24 años es del 17 por ciento. En Chad existen problemas que obstaculizan la escolarización de más del 50 por ciento de las niñas, algo que ocurre en mucha menor medida con los niños. En países como Siria los niños han huido de la guerra y la mayoría no están escolarizados. En Mali apenas cuatro de cada 10 niñas termina la escuela primaria. En Guinea Conakri las mujeres mayores de 25 años han ido a la escuela menos de un año. En Burkina Faso solo el uno por ciento de las adolescentes concluye la secundaria. En Liberia la mayoría de los niños no van a la escuela. En Etiopia dos de cada cinco niñas las casan antes de los 18 años, y en Níger tres de cada cuatro. Estos datos son una pequeña muestra de lo que ocurre en algunos países de África, pero también ocurre en otros paises de los que quizás el más llamativo sea Afganistán. Pero no son nuestras organizaciones feministas las que luchan en África por la verdadera liberación de la mujer, que pasa en un primer paso por la escolarización. Quién más lucha por los derechos de la mujer suelen ser misioneras y misioneros, laicos, y sobre todo religiosos que al margen de la propaganda de los gobiernos europeos y occidentales son los que realmente trabajan por el futuro de la mujer en la tierra que les vio nacer. En lugares donde son discriminadas por el hombre, las guerras y la opresión fundamentalista hay 25 millones de niños que por causa de la guerra no pueden ir a la escuela. En el Congo, Mali, o Etiopia, una niña frecuenta la escuela la mitad de tiempo que su hermano. El fracaso de la escolarización de los niños perpetua la pobreza en el mundo. La mujer africana no es feminista, lucha por su futuro trabajando el campo o haciendo labores de costura que vende para poder pagar la escuela de sus hijos mientras su marido se va a la guerra.
 Por poner nombre a una de estas hermanas menciono a una médico pediatra llamada María Jesús López. Ella en el Sahara cuida de niños que no tienen ayuda, con síndrome de Down, deficientes mentales, sordomudos, víctimas de la polio. María Jesús sabe que los niños comienzan a mejorar cuando la alegría se dibuja en su rostro. Son mujeres como Amparo, Herenia, Begoña, Juanita, Maruja, Teresa, Pilar, Marcela o Gloria, las que cada día luchan por la promoción integral de la mujer allí donde la mujer es menos valorada, conviven con el Sida, la malaria, el ébola o la tuberculosis, ayudan a combatir estas enfermedades y prevenirlas dando esperanza a quienes más lo necesitan, y no piden nada a cambio. ¡Ole!