BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Otro varapalo, ¿y van…?

Entre el hastío y la rabia vivimos el pasado viernes viendo a Puigdemont y a su acólito Comins recogiendo en Bruselas sus respectivas acreditaciones provisionales como eurodiputados después de que el Parlamento Europeo levantara la prohibición de acceso que pesaba sobre ambos. La euforia de los dos prófugos de la justicia española no podía ser más contundente, conscientes de que la inmunidad que les otorga el cargo les permitirá pasearse por Europa riéndose a la cara de los jueces españoles, a quienes algo ha fallado. Pues, o bien existe una evidente animadversión de la justicia europea por nuestro país –cosa que está por probar–  o bien nuestros jueces no están a la altura de las circunstancias.
Cabe preguntarse si otros países con una democracia más consolidada, como es el caso de Francia, Alemania, Reino Unido o Italia, habrían sufrido por parte de los tribunales europeos semejantes varapalos consecutivos, y, si de haberlos sufrido, estarían dispuestos a obedecer semejante intromisión  en su soberanía.
El hecho de haber cedido a Europa parte de nuestras prerrogativas al entrar a formar parte de la Unión Europea, quiero creer que no es compatible con el hecho de que sus jueces pongan en peligro, como lo están haciendo, el mecanismo de nuestro Estado y de nuestras Leyes, con lo que ello supone de inestabilidad para España, y tratándonos más como una dictadura, que es lo que los abogados de los prófugos y condenados aducen, que como una democracia de pleno derecho, que es lo que somos, aunque cada vez sean más los que lo duden.
Entramos en la OTAN para de ese modo evitar para siempre la acción de los posibles golpistas y salvadores de la patria que tanto daño hicieron a nuestro país durante siglo y medio; pusimos todo nuestro entusiasmo europeísta con el fin de convertirnos en una democracia como las de nuestros vecinos del norte, que hiciera de España un país fuerte, poderoso y justo, pero lo que ni los más pesimistas podían prever es el bochornoso espectáculo que nos están dando desde los tribunales de Justicia europeos que, con sus resoluciones, no hacen sino  poner cada día en serio peligro la integridad territorial del país. Lo que no lograron los golpistas, a este paso lo van a lograr los togados, empeñados en tratar a España como una república bananera.
Y lo que resulta todavía más chusco es que, en vez de salir a poner los puntos sobre las íes sin demora, dando explicaciones y tranquilizando a un pueblo que cada vez se siente más desvalido e indefenso, y más irritado y rabioso, Pedro Sánchez siga erre que erre tratando de llegar como sea a un acuerdo con el partido de Junqueras para lograr lo antes posible una investidura, por más que sepa bien que tan sólo la va a obtener, de obtenerla, a base de escarnio y concesiones.
Da la impresión de que, como se desprende de las palabras de la portavoz, la ministra Celaá, Sánchez pretenda ahora renunciar en lo posible a la vía judicial para abordar la vía política, tragando sapos y culebras, esperando su oportunidad y confiando en su flor. Su obsesión por salir del bloqueo puede, sin embargo, llevarlo a los peores derroteros. Como ocurriera en Euskadi durante lustros, Cataluña marca la agenda de la política española, y no hay más que ver la euforia de los independentistas de todo pelaje para calibrar el futuro que nos aguarda. Sólo un gesto de generosidad por parte del PP y de lo que queda de Ciudadanos podría hacernos salir de esta cloaca en la que nos vamos encenagando día tras días, al tiempo que el hartazgo, el nuestro, se hace evidente, y en tanto que la estrategia de los que aspiran a romper España no hace más que avanzar como un rodillo.