TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


'Human touch'

01/01/2020

Solo quiero alguien con quien hablar y un poquito de contacto humano («human touch»), cantaba Bruce.

Es una imagen recurrente a estas alturas: futbolistas rodeados de críos y padres en el último entrenamiento del año que muere mientras el siguiente va asomando la cabeza. Los niños ya no solo miran a sus ídolos a través de la pantalla o de esa barrera invisible pero inmensa que separa el cemento del césped. Están ahí, a distancia de abrazo, a tiro de lapo, y se les puede tocar, te devuelven la sonrisa, se acercan, te oyen, algunos te responden, se prestan a 10, 100 o 1.000 fotos, lo firman todo, te preguntan por tu colegio, por tus estudios, incluso por tu equipo porque siempre encuentran algún traidor que reclutar a última hora…

Y tenemos más o menos claro qué es lo que sienten los más pequeños, compartiendo ese instante efímero con sus ídolos. Pero, ¿qué sienten los futbolistas?

En su retirada, Víctor Valdés hablaba de una enorme burbuja que separa al futbolista de elite de la realidad. El hecho de llevar unas monedas en el bolsillo para pagarte un billete de autobús, decía, es algo que jamás se le había pasado por la cabeza. «Es una vida irreal».

Tal vez «Just a little of that human touch» es una terapia que debería repetirse más a menudo entre jugadores profesionales y niños y familias, y no solo una vez al año. Sentir lo que sienten, enamorarse de lo que se enamoran. Escuchar la pasión a un palmo, de forma individual, y no en masa y desde el graderío. «Jamás olviden para quién juegan», decía Bill Shankly a unos jugadores (el Liverpool) que lo habían ganado todo. Conforme los mitos fueron creciendo, se alejaron más y más del gran público. Un día al año, al menos, se acercan a los humanos...



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