EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Grafitis

La talla o la pintura sobre piedra es la más antigua muestra de la escritura humana en la que, a falta de papel, se usaba el soporte natural más accesible y resistente. Así se consigue no sólo expresarse sino dejar memoria. En el mármol de las Tablas de la Ley Moisés y buril en mano quiso levantar acta de la voluntad de Dios sobre su pueblo. Y en los muros de Pompeya el hombre quiso declarar las delicias del libre albedrío de su cuerpo. «Harpocras folló aquí estupendamente con Drauca por un denario». Puesto que el amor y la tierra son dos puntales de la humanidad, en la Roma clásica las dos palabras capitales se enlazaban en las inscripciones formando el palíndromo ROMA-AMOR, el inicio de todos los que ha creado veinte siglos después mi admirada Morla Morlísima.
Los más populares y repetidos grafitis son la fórmula de un nombre y una fecha: «Sinforo estuvo aquí el 4 de las nonas de abril», sin olvidar el más socorrido y liberador contra algo o alguien: «Cualquiera que lea esto es un hijo de puta», versión latina de nuestro «Tonto el que lo lea» y el de mayor énfasis por centímetro cuadrado que es simplemente: «¡Viva yo!».
En el Valle de los Reyes se encuentran grafitis de 4.000 años de antigüedad hechos por los primitivos turistas. Aunque la cámara funeraria de Ramsés VI fue expoliada, en sus paredes y techos se conservan miles de inscripciones de las sucesivas civilizaciones, desde los griegos y siguiendo por los cruzados medievales hasta los soldados de Napoleón. Unas talladas a punta de cuchillo y otras hechas con pintura roja. También unos escribientes enmendaban a los anteriores o establecían diálogos en una conversación abierta y pausada a través de los siglos: «No puedo leer este jeroglífico» / «¿Y qué te importa?».
Lo grabado con intención de ejemplaridad y permanencia es tanto una escritura, un símbolo o una imagen. En este caso puede ser una muestra de arte mural, que viene desde Altamira y Lascaux hasta los muros y fachadas de las ciudades. Hoy el arte visual sobre muros, figurativo o no, contiene un pensamiento, una denuncia, un rasgo de humor, una protesta y hay obras de arte urbano magníficas como la del inglés Banksy, la francesa Miss-Tic, el italiano Blu, el americano Stegmann o el francés Blek le Rat. En España hay creativos excepcionales del Street Art en forma de surrealismo pop como Borondo, Taratiel, Suso33, Zosen o Rosh333.
También hay un grafismo agresivo como el del japonés Katsu que ha profanado la Gran Muralla China para erigir su ego contra el mundo, y entre nosotros hay tíos zumbaos que han causado daños sobre la Sagrada Familia, o la Catedral de Santiago. También soportamos una fauna de pintamonas sin arte ni gracia sobre elementos urbanos. Y ha sido la visión de un tren de cercanías manchado por sus costados lo que ha motivado esta columna ¿Qué arte hay en ello? Sólo una forma guarra de significarse, de ese fondo social a la contra, que bulle bajo la tolerancia medrosa de una sociedad imbécil: «¡Dejad a estos chavales, hostia, que son unos artistas!».