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Javier D. Bazaga

NOTAS AL PIE

Javier D. Bazaga


La ‘buena’ ciencia

07/01/2022

El pasado 2 de enero se cumplieron 102 años del nacimiento de Isaac Asimov, gran divulgador científico considerado el padre de la «ciencia-ficción», con obras maestras como la saga Fundación o la mítica, y no menos inquietante, Yo robot. En ellas, Asimov imaginó un mundo lleno de máquinas y tecnologías que formaban parte de la vida cotidiana de las personas, desde el uso individual de la energía nuclear hasta los robots con una pseudoconciencia, sobre los que rigen las famosas tres leyes de la robótica. Los saltos espaciales son como el que coge un taxi, y la humanidad se extiende por toda la galaxia, con mundos más ricos y administrativos, como Trántor, y mundos en la periferia, dedicados a tareas productivas, como Términus.
Pero el mundo que imaginó Asimov no era posible casi ni tenerlo como «futurista», porque era impensable que algo así pudiera ser real. Como cuando de pequeños nos hablaban de que los coches podrían volar, o de que se harían viajes turísticos al espacio. Y resulta que ese mundo ya está aquí. Han llegado los cohetes de SpaceX y Virgin, y tenemos drones capaces de transportar personas.
Pero hay más. En una reciente entrevista en un diario nacional, el neurocientífico de la Universidad de Columbia Rafael Yuste, ponía sobre la mesa la posibilidad de que los seres humanos veamos aumentadas nuestras capacidades cognitivas y de memoria, con sensores en el cerebro que permitan conectarnos directamente a la red, tal y como ahora hacemos con un teléfono móvil. Pero lejos de pensar en ciencia-ficción, Yuste nos da de plazo para empezar a manejar estas tecnologías unos diez años. Lo llama «un nuevo renacimiento» para una especie humana que será muy distinta a la de hoy, con la que ahora nos identificamos.
Ya no hablamos solo de inteligencia artificial, internet de las cosas o computación cuántica. Hablamos de todo ello combinado. Una evolución de la especie que en este caso nos convierte en híbridos tecnológicos, potenciando todas esas capacidades.
Pero como con todo desarrollo, la especie humana también ha sabido siempre buscarle el uso negativo a estas innovaciones, y los peligros que se ciernen sobre estos avances son muchos. La neurociencia está ayudando a curar enfermedades degenerativas, sí, a devolver la movilidad a personas con discapacidad. Puede ayudar a resolver enigmas de la mente. Pero si conectamos nuestros cerebros a la red, y volcamos la información, podemos perder no ya nuestra intimidad, sino nuestra libertad o nuestros derechos, alerta Yuste. Todo avance es positivo, la ciencia ha dejado más cosas buenas que malas, a pesar de las armas o las bombas atómicas. Pero pensar en sus posibles aplicaciones negativas es algo que vio muy a tiempo Asimov, cuando redactó las tres leyes para evitar que las máquinas pudieran hacer daño a los humanos. Como él, a nosotros nos convendría no solo pensar en las grandes utilidades que nos ofrece la ciencia, sino también en sus posibles malos usos para prevenirlos, y prevenirnos.