TERCERA SALIDA

Jesús Fuero


Benditas monjas

07/01/2020

Qué tontos somos, cuando nos fijamos en el atuendo del profeta y no en sus sabias palabras! Dios tiene sobre la tierra mensajeras de su providencia. Ellas son criaturas sublimes que muchos en el mundo admiran, respetan, y Dios bendice. Pequeñas criaturas que fraguan la transición de lo mundano y material a la ínsula feliz de las almas. ¿Queréis saber el origen y prosapia de esas afortunadas criaturas? Son hijas del cielo, y madres de desamparados, Hermanas, Esclavas, Clarisas, Blancas, y otras muchas. Están donde hay lágrimas que enjugar y males que compartir. Sus lágrimas son rocío que cae sobre los males que ellas transforman en virtud. Por eso la blanca, azulada, marrón, negra o vulgar hábito de estos ángeles del amor flota lo mismo en los territorios del polo que en las abrasadas llanuras. Lo mismo en un suburbio indio, que en esa pequeña parroquia junto a casa, lugares donde dirigen la mirada al altísimo con el mismo fervor que al necesitado de consuelo. 
En el campo desolado del hambre ellas muestran la enseña gloriosa de la misericordia. En los pueblos perseguidos, aunque no sean cristianos, son la bandera de la ternura y la caridad. En la tierra hay horribles cataclismos, entre cuyas ruinas ellas siembran esperanza. Las hijas de María llevan sus ofrendas continuamente al altar, al lugar en el que un hijo del pesebre acompaña a su madre, siempre con renovada ilusión. Buscamos la gracia divina reproduciendo ritos ancestrales pero sin renovar nuestro corazón, sin ofrecer siquiera el valor de un décimo navideño de los que siempre tocan por los mas pobrs. Solamente la caridad cristiana obra prodigios, es fuente fecunda entre los desposeídos. El hombre engreído de occidente casi ha dejado de creer en la misericordia divina. El altruismo que recomiendan los filósofos ama en el hombre al hombre. La caridad que ellas practican, ama en el hombre a Jesucristo, representado vivo en la figura del mendigo, del huérfano, el emigrante, el drogadicto, la prostituta, y el enfermo, dónde ven con los ojos de la virtud la sacrosanta figura del Salvador, figurada en el hombre que necesita del hombre y que por su ejemplo quisieran que también necesitara de Dios.
El filántropo suele dar lo que le sobra; quien práctica la caridad suele dar lo que no tiene. La caridad parece renovar diariamente el milagro de los panes. El filántropo se compadece de las desgracias que ve y oye. Las almas caritativas de las desdichas, aunque no las vean ni las oigan. En el Belén se representa la caridad, y las monjas la practican cuando buscan los males para remediarlos y al afligido para consolarlo. El filántropo vive en palacios, en cómodas casas. Ellas no solo en el convento viven, se las ve en hospitales, orfanatos, campos de refugiados o asilos. Están junto al lecho del moribundo, en la cama del recién nacido en una choza africana. Allí la que nunca dejó por ser monja de ser madre, esposa, hija y abuela, ni mujer, cuya existencia está consagrada al bien de los desvalidos, su familia. 
La de Calcuta tenía un semblante apacible, sereno como su alma, pero mostraba los estragos de sus largas vigilias y la austeridad con que vivía. Cuando en las horas del lento sufrir apenas hay para el mísero mortal un rayo de esperanza, ellas son como un Ángel de blanca vestidura, de cuyos labios brotan palabras de sabia resignación, el bálsamo que el enfermo necesita. Cuando su mano de madre deja caer sobre el pesebre de la caridad el fruto de su amor, otra mano más tierna lo recoge, acaricia, y cuida. Son manos molestas para muchos porque nos enseñan a perdonar, orar y ser felices. Su caridad no reconoce fronteras, porque la patria que habita en ellas no la tiene. Ellas son como la estrella del Belén que ilumina sin quemar, una ráfaga que cauteriza sin destruir. 
Toda arrogancia se confunde ante las vestiduras de quienes se sacrifican en bien de la humanidad. Las guerras producen llanto y llenan los hospitales. Ellas enjugan el llanto y curan al herido. Los que denigran a la mujer y se burlan de ella, que se acuerden de su propia madre, y si no han tenido la dicha de conocerla, que se acuerden de esas criaturas sublimes que son madres de todos los desgraciados. Benditas monjas. 



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