BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Jugando con fuego

Al paso que vamos, nuestro flamante presidente de Gobierno va a hacer bueno el dicho de don Rafael Sánchez Mazas cuando, en vista de sus reiteradas ausencias del Consejo de Ministros –Franco, como es sabido, lo nombró ministro Sin Cartera después de sobrevivir de milagro a la Guerra Civil, véase Soldados de Salamina–, el Caudillo lo llamó a capítulo y le preguntó por las razones de tales ausencias; a lo que el ilustre falangista, al parecer, respondió con esa gallardía aristocrática que lo caracterizaba: «Porque la política, mi general, es asunto de muleros» (con perdón de los muleros, que hubiera añadido Cela).
Es evidente –o ésa es al menos la impresión que el sufrido ciudadano (ese mismo que acaba de recibir las migajillas del festín: 0,9 % los pensionistas; 2% los funcionarios) percibe a diario– que, como un día dijo un avispado periodista, basta tener el Boletín Oficial en la mano para obrar milagros. Recuerdo cuando, hace bastantes años, José Bono llegó a la conclusión que había que complacer a los ciudadanos de Talavera de la Reina y crear allí un nuevo campus universitario, con lo que eso suponía de dispersión de una Universidad de por sí dispersa. La Junta de Gobierno –de la que un servidor formaba parte a la sazón– rechazó por dos veces, en buena lógica, la propuesta del Presidente. Hasta que a la tercera, el rector Arroyo, siempre complaciente con don José, cuando de nuevo nos disponíamos a votar no, dijo más o menos: «Esa propuesta ya no se vota porque la Junta ha decidido crear en Talavera un Centro Adscrito», sutil palabra que permitió a don José Bono complacer a los talaveranos, ya que dicho Centro, muy pocos años después, se convirtió en un campus más de nuestra Universidad, con lo que se dio la paradoja de que Toledo, que había entrado a regañadientes en la UCLM, se puso a la cabeza con dos campus provinciales. Así se escribe la Historia.
Baste este larguísimo preámbulo para ver los milagros que se pueden hacer teniendo eso que el honesto ciudadano llama ‘poder’. La política de dar una de cal y otra de arena para callar bocas es muy vieja, digamos de la época del ‘pan y toros’ que tanto complacía a Alfonso XIII, pero nuestro actual presidente olvida que el personal hace tiempo que se espabiló (a la fuerza ahorcan). Subir a 950 euros el salario mínimo (ya puestos podrían haber llegado a mil, digo yo); dar, como decía, unas migajillas al pueblo, y, acto seguido, intentar cargarse a Montesquieu, nombrando a su ex ministra de Justicia, Dolores Delgado, Fiscal del Estado, y, con unas prisas fuera de lo común, proponer la reforma del Código Penal para rebajar los delitos de rebelión y sedición, no puede por menos de asombrar a todos, incluidos los jueces del Supremo que se pegaron una paliza de padre y señor mío para hacer justicia con los políticos independentistas catalanes.
Es evidente que las prisas, por muy necesaria que sea la aprobación de los presupuestos –para lo cual, como para llevar adelante el pesado buque del  Estado, se hace imprescindible el apoyo de ERC–, sólo son buenas, como decía el castizo, para los delincuentes y para los toreros malos. Es difícil saber si el juego que se trae don Pedro Sánchez le permitirá o no salir airoso, cortando incluso, Dios lo quiera, el nudo gordiano que tiene varado a nuestro país, pero, de lo que no cabe la menor duda es que, tanto a nuestro presidente como a su consejero áulico y ‘ministro plenipotenciario’ en la sombra, Iván Redondo, les falta finezza, tanto más cuanto los caballeros de VOX andan al acecho dispuestos a sacar tajada de todo lo podrido.
No sabemos hasta qué punto Sánchez se hipotecó con Rufián, pero hay algo que se llama prudencia, virtud esencial para un gobernante, y, sobre todo, no excederse en las mentiras, aunque sean piadosas, porque al final el electorado terminará por hartarse. O ésa es al menos la impresión general.