A SALTO DE MATA

José Luis Muñoz


La tierra vacía, lugares vaciados

Desde hace algún tiempo se multiplican y reproducen los lamentos y los discursos sobre la situación, verdaderamente triste, que se ha ido generando en un amplio espacio, considerable, de la España interior, vaciada o vacía, según preferencias, del más importante elemento que caracteriza la existencia de un territorio, las personas, los habitantes, la gente. Doy por supuesto y sentado que todos los que hablan de este tema lo hacen de manera bienintencionada, pero eso no me impide pensar que hablan por hablar, esto es, se mantienen en el nivel de las declaraciones, sin llegar en ningún momento a apuntar algún remedio efectivo para corregir una situación problemática.
Ninguno de quienes se pronuncian por los males actuales quiere recordar dos cosas: la primera, que esto se ha venido alimentando durante muchos años, sin provocar especiales alarmas ni propiciar intervenciones encaminadas a impedir lo que se veía venir; la segunda, que la propia administración pública ha permitido, fomentado y alentado el desmantelamiento de los servicios que tradicionalmente se han considerado esenciales para la supervivencia de una comunidad social. Con una ceguera desconcertante, apelando como una única argumentación (errónea, por no decir falsa) a la reducción de costes económicos, las entidades administrativas de todo tipo han ido eliminando escuelas, centros de salud, cuarteles de la guardia civil, farmacias, veterinarios, agencias de servicios y cualquier organismo que, aparte de su función específica, contribuía a mantener activa la vida de los pueblos. A lo que se añade ahora, y es lógico, la progresiva supresión de entidades bancarias, siempre dispuestas a imitar los malos ejemplos con tal de ahorrarse unos cuantos euros. De esa manera, de los pueblos ha desaparecido la clase social dirigente que era, a la vez, representativa de la coherencia interna que garantizaba la convivencia colectiva: el médico, el maestro, el cura, el sargento de la Guardia Civil, el farmacéutico y quizá algún otro funcionario público representaban, junto al alcalde (que ya tampoco reside en el lugar), ese punto de referencia institucional necesario para que el pueblo tuviera conciencia de que existía. 
Así, donde había vida y actividad social se ha implantado el vacío, la nada. Y como tampoco hay una actividad económica capaz de incentivar los ánimos, tan alicaídos, el resultado nos lleva a una situación de claro pesimismo, por no decir desesperanza. No quiero yo incidir en esa impresión negativa. Al contrario, respeto a quienes hablan y discursean sobre la conveniencia de hacer algo. Estaría más tranquilo si, además de hablar del problema, fueran capaces de sugerir algún remedio realizable.
En estas cosas y en otras parecidas meditaba hace unos días paseando por las calles vacías, desérticas, de Villar de Cantos, una aldea de Vara de Rey, en el corazón de la Mancha, que llegó a tener casi más habitantes que su villa matriz y ahora vive en el más absoluto abandono pero, curiosamente, a diferencia de otros muchos lugares, sobre todo en la Alcarria, que además de perder a la gente conocen un progresivo proceso de ruina en las edificaciones abandonadas, en este caso el pueblo se mantiene en pie de manera impoluta, porque los antiguos vecinos han acudido a mantener y rehabilitar sus viviendas, e incluso los espacios públicos, de manera que pasear por estas calles, plazas y jardines, incluida la iglesia, no es hacerlo a través de solares comidos por los matojos silvestres, sino por un espacio urbano perfectamente conservado. Lo cual, verdaderamente, produce un notable desconcierto y abre una gran interrogación, en este caso acompañada del silencio que impera en el lugar, vacío y solitario.