LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


La alegre muchachada

Lo que la alegre muchachada quería era colocarse. Lo hemos visto en el consejo de ministros, ese cuya mesa se ha quedado chica para tanto glamour. Los universitarios de Vallecas han llegado lejos en sus intenciones. Salieron espabiladillos y ahí los tenemos, gobernando el país al que pusieron bocabajo en tiendas de campaña. Se propusieron asaltar los cielos y, de momento, ya han asaltado el BOE. Continúan en vaqueros y estampados de Galapagar, aunque los comunistas serios como Garzón se han puesto traje de chaqueta. Moncloa me recuerda un Guermantes decadente sin Proust, a la sombra de las muchachas en flor y sin coche de caballos. El coche ya lo lleva el chófer o sale nuevo del concesionario último modelo. Imagino que Ribera, la ministra de transición, ya les habrá mirado los catalizadores.
Este nuevo gobierno nace para durar. Ya lo dijo Pedro el primer día, que había echado la cuenta. Mil cuatrocientos días, con sus mil cuatrocientas noches, esas que dormirá a pata suelta después de haber resuelto todos los números. Pedro es un chico listo, ha utilizado la ideología para llegar al poder y ahora impondrá la suya, que es según convenga. Aquí hay Pedro para un quinquenio, aunque los planes se los hagan otros. Ha cambiado el colchón y puede que cambie hasta las escobillas del váter, en función del tiempo que la aguerrida derecha patriótica y española tarde en comprender al personaje. España no se rompe ni se vende, a no ser que sea a Pedro, que ya la pondrá a su imagen y semejanza. Espejito, espejito, dime si hay un presidente más lindo y progre que yo. Por el momento, no.
La criptonita de Pedro será su propio mandato y las ganas de verse guapo, lo tengo escrito. No sus contradicciones o mentiras, que ya no son tales, sino leves trasgresiones de la realidad. La rapidez o voracidad por ocupar o nombrar cargos, como la fiscala, se explican en las necesidades del personaje. Nadie como Dolores, llámame Lola, para seguir y cumplir órdenes. Conoció las cloacas del Estado y pasó por ellas como quien oye llover, haciendo la vista gorda y sin pelos en la lengua. Si ella conoce todo lo que dijo en la famosa cinta de Villarejo, esperen lo peor para retorcer leyes y decretos. Los dossieres funcionan y están para cuando hagan falta.
Esta democracia nuestra se apresta a vivir un momento bonito, los felices años veinte. La despreocupación del flower power ha dado paso a un gobierno de cortinas floreadas, donde lo progre ya es la mesa camilla de los nuevos burgueses. Felipe creó la bodeguilla y Pablo fundará la tasca. O el rave de Somosaguas y Húmera, que funcionaba muy bien los viernes a las diez de la mañana. Qué no habrá salido de la Facultad de Políticas en la Complu. 
Pedro gobernará en el alegre diálogo con los indepes, bajados ya de la burra, donde sólo el «buenos días» en sus labios será como un bálsamo y ungüento para la eternidad. Las soflamas perderán prédica mientras la derecha se encabrona en la calle. El mandato de Zapatero demostró que esa oposición no va a ningún lado. Fue sólo el lento, hondo, frío y hórrido conteo de parados que trajo la crisis lo que echó a los socialistas de Moncloa. Por eso, Pedro confía en sus dotes de economista y ha nombrado a cuatro o cinco ortodoxos para la cuestión. Se le ha quedado fuera la de Trabajo, que puede hacer mucho daño si no la atan en corto. Ya sólo nos quedan mil trescientos noventa y ocho días.



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