DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Te lo dije

Hoy es de esos días en los que prácticamente todo el mundo sabía lo que iba a pasar. Desde el analista más sesudo, al periodista más perspicaz, pasando por el portero de tu casa y el mesonero del bar de la esquina. La negociación de Sánchez ha sido tan mala que, tres meses después de las elecciones, el PSOE sólo ha obtenido un apoyo más de los que ya tenía en el zurrón. De los polvos de la moción de censura han llegado estos lodos. Pero con cualquiera que te cruces hoy te contestará: «Te lo dije». Tarde. Los economistas más hábiles predijeron la crisis cuando ya nos había apartado a todos como una quitanieves; ahora, con el resultado sobre la mesa, además de escuchar a más de uno reafirmándose en lo que nadie sabe si dijo o no, es tiempo de hacer conjeturas y de predecir si el traspiés de Sánchez tiene remedio. ¿Y yo qué sé? Tan cierto es que el calendario se pone en marcha como que sigue abierta la posibilidad de continuar negociando. Pero si el espectáculo que han demostrado en las últimas horas admite correcciones, lo que está claro es que los españoles no nos merecemos ese Gobierno. Quizá ninguno de todo el espectro político: desde la izquierda más radical, hasta la derecha más extrema. Ahora van a ser días de echar estiércol al de enfrente, de culpar de los fracasos al otro y de recordar que unas nuevas elecciones nos costarán a todos 180 millones de euros. Los únicos que no pierden son los partidos y los diputados que tienen escaño, aun a riesgo de quedarse sin él, si es que cambia mucho el panorama del Congreso. Ahí se entienden muchas cosas.
Que seamos incapaces de llegar a acuerdos es una mala noticia para todos. Es un fracaso general que demuestra la falta de madurez dentro de un escenario nuevo, que avanza en dirección muy diferente a lo que teníamos prefijado durante años. Ni los nuevos son tan nuevos, ni los viejos se quieren dar cuenta de que han de modificar sus conductas, aunque eso les derive a no tener que alcanzar siempre la moqueta absoluta del poder. Preguntes a quien preguntes, además de defender que ya sabían lo que iba a pasar, se palpa un desencanto general, especialmente en la izquierda. Lo único que les salva es una coyuntura estacional, que mantiene a muchos a remojo y eso siempre ofrece una relativización de todo. Pero si al final tenemos que volver a votar en otoño, con esos síndromes postvacacionales que tanto les gusta analizar a los psicólogos y a los periodistas, más de uno se va a revolver. La pregunta es hacia dónde y la primera respuesta va a pasar por un aumento de la abstención, que tradicionalmente beneficiaba más al centro derecha, pero que con el nuevo panorama no es seguro. 
Mientras Sánchez prepara la segunda parte de su manual de resistencia, no escucharemos nada de lo que a ti y a mí nos puede hacer la vida mejor; todo se va a reducir a si el relato del PSOE tiene más veracidad que el de Podemos. Esto explica la desazón de muchos. Aquí se ha librado una batalla de sillones y de bemoles, a ver quién tenía más gordas las alteraciones de las notas, con lo que es imposible avanzar. A ver quién es el guapo que atisba en el horizonte un consenso en Educación o sobre el futuro real de las pensiones, que no sólo pase por añadir migajas para obtener votos inmediatos. El espectáculo es mayúsculo y no arriendo la ganancia a los que andan frotándose las manos por lo ocurrido. Sobre todo, cuando estamos esperando una sentencia que afecta a uno de los principales problemas a los que se enfrenta nuestro país.