EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


La epidemia

La vida tiene sus más y sus menos, pero de ella nadie sale vivo, como sucede con el azar para los jugadores de casino en que, una partida por otra, al final la que gana es la banca. En la serie de aciertos y fracasos de que se compone a lo largo del tiempo no hay ninguna alegría que no siga o preceda a una tristeza. Pero hay períodos en que la desgracia se hace contumaz, con lo que a una sequía devastadora le sigue una inundación catastrófica, y los telediarios parecen crónicas de sucesos. La política, la justicia y la economía también son ramas del desbarajuste.
La desgracia de mayor actualidad es la neumonía del Coronavirus en China, por la que, en la fecha que esto escribo, han muerto 1.150 personas y hay 44.700 infectadas. Sobre la actual incidencia todos estamos suficientemente al tanto como para insistir aquí en su descripción.
Lo que sucede en China siempre es desaforado, empezando por su población de 1.386 miles de millones de almas. Cuando apareció la epidemia las gentes culparon instintivamente a los bichos silvestres que forman una tradición en sus alimentos como causantes de una zoonosis. Es un riesgo comer serpientes, monos, ratas, pangolinos o murciélagos sin garantía sanitaria, como sería aquí comerse un jabalí sin analizar su posible triquina.  Pero además hay costumbres rurales que sobreviven como es la de los niños que se alivian el vientre con soltura ni medir distancias y una población que carraspea, tose, gargajea y escupe con el mismo estilo del vaquero de Texas y el gánster de Chicago.  Además, como la población es de gran densidad, las calles y los transportes dan mucha proximidad a las personas entre sí, con una desenvoltura que hace que por calles y esquinas siempre vaya la gente comiendo de los puestos callejeros.
Esta neumonía, causada por el virus que ahora se llamará covid-19, entra a formar parte de la secuencia histórica de las grandes epidemias modernas como la Gripe-A, el Ébola, y el SARS. Creo que la alarma suele ser mayor que sus efectos físicos, pues ya la gripe común en España, sin conciencia de catástrofe, causa anualmente más de 10.000 víctimas, asociadas generalmente a estados de debilidad o bajas defensas u otras dolencias.
La primera medida de los gobiernos en casos de emergencia nacional, especialmente los dictatoriales como el comunista chino, es el secuestro de la información. Esta carencia de la verdad desencadena diversas teorías con mayor o menor fundamento, por lo que en este caso, pasado el primer momento de echar la culpa a los murciélagos, empezó a plantearse la posibilidad de que los virus tuvieran su origen en un laboratorio de Wuhan destinado a la guerra biológica, donde por un error de manejo el arma se les escapara de las manos. Una sospecha tan grave como improbable sostiene que no fue algo accidental sino provocado para causar una mortalidad reductora de la superpoblación. Otros analistas sociales suponen que los poderes que rigen el mundo provocan las epidemias para poner a la población en una situación de temor que la vuelva indefensa y manejable para que pueda ser sometida a un nuevo orden.    
Porque la epidemia causa daños en la salud y en la economía, pero también en la seguridad personal y social, con lo que, si malo es el virus, la peor epidemia es la del miedo.