LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


La renovación en política: como las sobras para los perros

Parecía imposible que pudieran sucederse unas elecciones generales tras otras, especialmente cuando el partido con más diputados podía pactar al menos con dos distintos, uno en su imaginaria izquierda y otro en su imaginaria derecha (Podemos y Cs, respectivamente). Pero la ignominia para el sistema parlamentario y el golpazo para las arcas públicas se ha consumado: Pedro Sánchez va a arriesgarse a nuevas elecciones por una docena de diputados más.
Anda el pueblo, y usted que me lee seguro que también, rasgándose las vestiduras y echándose las manos a la cabeza por este dislate pero lo cierto es que luego, muchos españoles actuarán de consentidores, votando a este personaje si es que las encuestas no se equivocan. Pues poca pena me dan los que se quejen y no actúen. Todos estamos viviendo delante de nuestras narices la degradación de la representación parlamentaria, que a mi modesto parecer tiene un referente primero en el ascenso social del presidente Sánchez, pero que según las encuestas alcanza a toda la clase política española. Todo el mundo habla de renovación pero nadie le pone el cascabel al gato: los socialistas porque aun sacando malos números, crecieron con sus candidatos hace apenas cinco meses; y en el resto, donde la torta fue más abultada, ya pueden haber sido pésimos los resultados en cada circunscripción electoral que difícilmente los responsables (nacionales, que son los que deciden) se dan por aludidos al carecer de referentes fiables de personas que sean, además de cambio, razonables y cooperadoras.
Es un gran problema la renovación de los diputados y senadores en España: si implantásemos un verdadero sistema de primarias abierto a todos los votantes, la ciudadanía se pronunciaría sobre la gente que quiere que le represente. Al dejarlo en manos de los partidos, o bien sus dirigentes se molestan en conocer un poco las circunscripciones en vez de colocar a quien les come el coco en cenáculos ignotos, o bien ceden ante aposentados locales, sostenidos por los intereses de la escasa militancia participativa, que es la que a su vez tiene intereses personales que perder ante los cambios de líderes provinciales eternos.
Y así sucede: la renovación solo tiene una esperanza cuando alguna persona es agraciada por las sobras de las candidaturas, siendo elegida desde un puesto de difícil promoción una vez que se han colocado los amigos de todos los jefes de turno, o sustituyendo de rebote a cualquiera de los ínclitos e inamovibles colocados que promocionen a algo mejor. Quien tiene una idea nueva en este mundillo, ha de estar pendiente de las sobras del reparto de comida, como los perros en las casas de antiguamente, mientras que los parlamentarios profesionales se van adaptando a los auges y caídas de las cúpulas, atentos a personificar la renovación. Sabiendo leer los argumentarios, y acusando al adversario de ser siempre peor que uno, ya se tiene la mitad del cargo ganado: luego se remata con visita a despachos y recolección de favores personales. Y esto es así hasta para los parlamentarios válidos y queridos (que los hay): si no entran en el juego descrito terminan en casa.