TRIBUNA LIBRE

Fernando Jáuregui

Escritor y periodista. Analista político


Torra, ese indudable peligro para la supervivencia de España

Parecía que Iñigo Errejón iba a convertirse en un eterno inquilino de las portadas de todos los medios. Pero no: el hombre que desmantelará este Unidas Podemos ha pasado a ser ocupante de lo que los periodistas llamamos páginas par, para ser sustituido, para desventaja general, por alguien que sin duda está constituyendo un peligro incluso para la supervivencia de España como la nación próspera y democrática, de futuro, que quisimos entre todos construir. Me refiero, desde luego, al que oficialmente ha de denominarse molt honorable president de la Generalitat de Catalunya, el teóricamente máximo representante del Estado en la Comunidad más emblemática (y conflictiva) del país, Quim Torra. Un personaje que mantiene los lazos del diálogo con Madrid forzosamente cortados y que ha planteado un enorme desafío a la nación, con la que se confronta abiertamente. ¿Qué hacer con él? 
Quizá las encuestas del CIS no reflejan a Cataluña como una de las máximas preocupaciones de los españoles, pero debería serlo. Poco antes de morir, a comienzos de los años 90, uno de los políticos más señeros que ha tenido España, Francisco Fernández Ordóñez, me dijo, textualmente: "Desengáñate, Fernando; las cosas, en el País Vasco, se acabarán arreglando (ETA mataba entonces casi a placer), y donde vamos a tener graves problemas, durante tiempo, va a ser en Cataluña". Entonces la miopía general de políticos, periodistas, politólogos, empresarios, de todos a este lado del Ebro, se limitaba a considerar casi radicales separatistas, aunque inofensivos en el fondo, a gentes que no obstante siempre han amado a España, como Duran i Lleida o Miquel Roca; no entendíamos que la inacción del Estado para ganarse la voluntad de los catalanes empezaba a ser suicida. Que los planteamientos halcones con respecto a Cataluña eran contraproducentes. 
Y, así, Artur Mas, que luego se convirtió en una especia de padre del independentismo irredento, me dijo a mí, aún en 2010, que ser independentista era "retrógrado". Dos años después, algunos engaños de Zapatero, ciertos errores de Rajoy con el Estatut, y la innegable necesidad de esconder una corrupción oficial generalizada le llevaron a abrazar lo que la estelada conlleva. Desde entonces, todo no ha hecho más que empeorar. Hasta aquí, cuando hemos llegado hasta Torra, el títere de Puigdemont, el amparador de lo peor de los CDR -todo en ellos es malo, pero hay perfiles peores que otros-. 
Decir que Torra da cobertura a un terrorismo de baja intensidad, como han planteado algunos tras la detención de nueve miembros de los CDR que presuntamente preparaban explosiones en centros neurálgicos quizá sea excesivo. No lo sé. Puede que sea la manera en que ciertos sectores quieren amparar una nueva y más dura aplicación del artículo 155 de la Constitución, que es, por cierto, en cuanto a su ambigüedad, uno de los peor redactados de nuestra ley fundamental. El trato desde el Estado a una de sus partes, Cataluña, no puede basarse simplemente en la represión. Pero, con Torra, tampoco en el diálogo. 
Cierto que Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría creyeron que con Oriol Junqueras, ahora preso y a punto de recibir una supongo que dura sentencia por sus actividades golpistas, ese diálogo era aún posible. Pero Oriol, que luego ha ganado elecciones desde prisión y que tiene un indudable prestigio en amplios sectores de Cataluña, fue el culpable de que el titubeante Puigdemont no convocase elecciones, en lugar de declarar la independencia, aquel mes de octubre nefasto de 2017. 
No sé muy bien cómo piensa el extremista Torra conmemorar a su modo el triste segundo aniversario de aquello, pero me temo que va a ser una celebración nefasta: Torra ha decidido provechar la oportunidad de pasar a la Historia, aunque sea a la historia con minúscula, y unir su nombre a los Companys y Casanova, o Maciá, por ejemplo. Le falta talla, aunque quizá no el coraje que el fanatismo presta a quienes reflexionan poco. Dicen que podría estar pensando en secuestrar el Parlament, que precipitadamente abandonaron algunos constitucionalistas, con Inés Arrimadas -cuánto capital político desaprovechado, Dios- a la cabeza, y, con ayuda de los CDR, proclamar nuevamente la República Independiente de Catalunya. Un plan loco, claro está. 
También ignoro cómo es posible que los constitucionalistas, desde Pedro Sánchez hasta esa nueva estrella del firmamento político que es Errejón, parezcan estar mirando hacia otro sitio en busca de caladeros de votos durante esta campaña que ya está en su apogeo. No basta con que el presidente del Gobierno en funciones y Pablo Casado vayan, como van, a inaugurar sus paseos electorales por Barcelona; ni que Albert Rivera protagonice actos provocativos por las Ramblas, pensando que eso tiene rédito en la votación. Ni que Pablo Iglesias, como hace Ada Colau, mantenga una ambigüedad calculada respecto del gran problema de España -a ver si el silente Errejón lo remedia y capta a gentes de la izquierda catalana honrada y responsable, como Coscubiela, Xavier Doménech o Joan Herrera-. 
No: esta campaña será la de mirar a los ojos desafiantes de Torra para, conjuntamente, darle una respuesta o, simplemente, será otra campaña de esas que no habrán servido de nada. Excepto, claro, para debilitar un poco más, interna y externamente, a España y a su Jefatura del Estado. Ahí queda eso. Lo demás, me parece, es todo relativamente secundario. 



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