COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


Responsabilidad compartida

Comienza la larguísima campaña electoral que concluirá el 10 de noviembre con las nuevas elecciones, un tiempo en el que quizá se encuentren algunas certezas sobre las intenciones de todos y cada uno de los líderes de los cuatro grandes partidos nacionales acerca de su disposición a que no se hubiera llegado a este punto. Cabe preguntarse si, en efecto, Pedro Sánchez podría haber elegido a izquierda y a derecha para pactar, o si tras la investidura fallida de finales de julio tenía fijada ya en su hoja de ruta esa fechas para que se vuelva a votar.

Parte de quienes ahora recriminan a Sánchez que no haya logrado un acuerdo para formar un gobierno con plenas competencias dando entrada en él a dirigentes cualificados de Unidas Podemos no habrían tardado en presentarle como el jefe de un Frente Popular redivivo. Sin embargo, en los sectores progresistas prima la decepción porque no se haya alcanzado el pacto entre ambos partidos que provoca un riesgo innecesario cuando la derecha se encontraba en un nivel bajísimo, una decepción sobre la capacidad de sus líderes y un nuevo motivo de desafección que se traduce en abstención sobre la clase política. La insistencia en la desconfianza sobre la acción de gobierno de los socialistas a los que querían marcar con comisarios políticos se traduce, según el PSOE, en una desaforada demanda de cargos que ha impedido el acuerdo.  

Tampoco ha habido voluntad desde la derecha de llegar a un acuerdo. En el caso del PP, por razones obvias, porque no se puede pedir al partido que pretende ser alternativa de Gobierno que apoye sin más a su adversario, vía abstención, sin sufrir una convulsión interna como le ocurrió al PSOE, sobre todo porque ya no le puede ir peor que en el mes de abril, y porque Ciudadanos ha realizado una oferta extemporánea con la que pretendía marcar la política territorial y fiscal al próximo Ejecutivo.     

Pedro Sánchez se arriesga a que no le salga bien la apuesta que sus oráculos demoscópicos auguran, con una subida de su número de escaños. E cualquier caso es muy probable que no pueda deshacerse de sus dos hipotéticos compañeros de viaje –Iglesias y Rivera- a cuyas puertas tendrá que volver a llamar si quiere gobernar, con los que mantiene una enconada desconfianza mutua, y que le harán pagar un alto precio por su apoyo en forma de ministerios. Iglesias endurecerá las condiciones de su apoyo y mucho más si entre ambos partidos suman mayoría absoluta o se encuentran muy cerca de ella. Rivera se tendrá que ablandar, pasar del "no es no" a Sánchez a pactar con él. El líder del partido naranja ya es experto en esas lides: de pedir la retirada de Rajoy para permitir gobernar al PP pasó a un acuerdo de legislatura.

En fin, todos los líderes políticos decían que no querían elecciones pero ninguno de ellos, a la hora de la verdad, ha hecho nada realmente importante para evitarlas según transcurría el tiempo y no han dejado de mirar por sus intereses partidistas revestidos de supuesto interés nacional. El grado de irresponsabilidad de cada uno de ellos es lo que se pone a valoración de los ciudadanos en las urnas teniendo en cuenta que el 11-N volverán a verse las caras los mismos cuatro actores principales con los programas políticos ya conocidos. Está por ver si con sus fobias exaltadas o dulcificadas pero ya sin margen para mantener la incertidumbre.