EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


La soberbia

Según Fernando Savater, la soberbia es el valor antidemocrático por excelencia, la antonomasia de la desconsideración.
La Feria de Albacete 2019 acaba de finiquitar. En Albacete, septiembre, como siempre, se ha vuelto a presentar frutero, alegre y festero pese a la lluvia persistente, impertinente e inoportuna. Todavía huele a pólvora del colofón ruidoso y luminoso del castillo de fuegos artificiales que anuncia el final inevitable e irreversible, que nos devuelve a todos, ya era hora, a la realidad más cotidiana. De hecho, como quien dice, casi escribo a caballo entre los Redondeles de la Feria y el redondel que pinta la mesa de reuniones de mi despacho, casi imperceptible y oculta por la acumulación de papeles que aguardaban mi intervención firme, decidida y laboriosa.
Con evidente retraso con respecto a otras ciudades, en el regreso, no de la Feria, sino de la dejadez somnolienta, la indiferencia política y la pachorra informativa que conlleva el verano, poco a poco, sin querer, volvemos a prestar atención al panorama político, social y económico general, y se agudiza más el oído ante el mensaje, las intervenciones y las apariciones mediáticas de nuestros representantes políticos.
¡Zas!, en toda la boca. La primera, la rueda de prensa-mitin de Sánchez desde la Moncloa, una vez que el Rey comprobó que no tenía apoyos para volver a proponerle como candidato. Una simple mirada nos permitió observar el típico discurso dominado por la vanidad y la soberbia, caracterizado por el vacío, la falta de contenido, la falta de solidez argumentativa tendente a la auto contemplación y el menosprecio evidente de los adversarios políticos.
Y no solo es Sánchez. Aunque algunos más que otros, la realidad es que ningún político actual se escapa de mantener ese semblante soberbio y despreciativo. Ante la idea de que «cada pueblo o nación tiene el gobierno que merece», el francés André Malraux, modificó la frase y dijo que no es que «…los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que los pueblos tienen los gobernantes que se le parecen». Lo que nos lleva necesariamente a Baltasar Gracián, en ‘El Criticón’, cuando atribuye a España el pecado de la soberbia: «La estimación propia, el desprecio ajeno, el querer mandarlo todo y servir a nadie, hacer del don Diego y vengo de los godos, el lucir, el campear, el alabarse, el hablar mucho, alto y hueco, la gravedad, el fausto, el brío, con todo género de presunción; y todo esto desde el noble hasta el más plebeyo».
La soberbia es, en suma, la causa de la repetición de elecciones generales. La soberbia como «altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros», la «satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás» o, la «cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas».