CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


Lo de Pablo Iglesias no tiene nombre

Bueno, sí tiene nombre, pero mejor no decirlo aunque no sea más por no adornar la crónica con una palabra malsonante. El papel que está jugando Pablo Iglesias como gobernante está llegando a límites extremos, y no precisamente por el extremo que recoge el trabajo bien hecho.

El líder de Podemos no está contento con pasar de profesor universitario a vicepresidente segundo del gobierno en apenas seis años. En su soberbia infinita, en su ego desproporcionado, no se conforma sino que quiere la vicepresidencia primera o la propia presidencia, y no pierde ocasión de hacerse notar. Rompiendo incluso la cuarentena, todo un mal ejemplo para quienes están encerrados a cal y canto porque el gobierno ha decretado, con razón, medidas de aislamiento para impedir que se propague el corona virus.

La rompió para acudir en persona a una reunión del gobierno, con el argumento de que no estaba a punto el sistema telemático –lo que no creyó nadie- , y ha comparecido un par de días después públicamente junto al ministro de Sanidad para no decir nada. Se limitó a describir las medidas económicas del gobierno, lo que ya había hecho anteriormente el presidente. Tras escuchar el anuncio de nada, era fácil deducir que Pablo Iglesias necesitaba desesperadamente ponerse medallas, lo que por otra parte suele ser habitual en él desde que forma parte de un gobierno en el que se empeña en tener voz propia, voz aparte. Por eso comparece ante los periodistas y desgrana las propuestas de contenido social como si fueran suyas, cuando su responsabilidad más importante como gobernante es cumplir con su cuarentena para que la cumplan así también los miles de españoles que viven con personas afectadas por el coronavirus.

Desde que es vicepresidente no ha dado un solo motivo para que ser considerado un dirigente que merece el cargo que ocupa. Se empecinó en que su mujer fuera ministra cuando había miles de personas más preparadas en el PSOE y probablemente también en Podemos; se empecinó en que el gobierno sacara adelante un proyecto de ley infumable redactado por su mujer y su equipo; se empecinó en que se celebraran las manifestaciones del 8-M porque pertenecían al área de su mujer, y además –lo que dice poco de Sánchez- convenció al presidente a pesar de las voces que pedían prudencia. Su mujer y varias ministras acabaron infectadas por el virus, además de la mujer del presidente.

En su comparecencia junto a Salvador Illa, Iglesias pecó también de algo de lo que pecan estos días los miembros del gobierno: explican constantemente lo que van a hacer, pero no acaban de contar qué está sucediendo exactamente en la sanidad española, qué decisiones se han convertido ya en hechos, qué ocurre en los hospitales, cuánto se va a tardar en tener a disposición de los médicos el material que suplican. Iglesias aprovechó la comparecencia para otra cosa: su promoción personal.