OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Pitas

Recuerdo aquellos años cada vez con más cariño y nostalgia. Y no porque mi colegio, la Aneja de Cuenca, fuese bonito, que no lo era; ni porque tuviese unas instalaciones fastuosas, que no las tenía… sino fundamentalmente porque disfruté de compañeros y ante todo maestros grandes en estatura y valores. Los últimos, en gran medida, contribuyeron a lo que hoy soy o dejo de ser, por lo que merecen al menos mi gratitud. Sé que hay gente de mi generación que trae a su memoria aquellos tiempos con horror, bofetones, castigos… No es mi caso. Si me sumase a esa corriente que dice recordar su paso por el colegio, en los años setenta, con rabia contenida o dolor, estaría haciendo un flaco favor a mi historia personal. Yo viví aquellos tiempos feliz e ilusionado. Cierto es que también sufrí las gracias puntuales de algún sargento chusquero frustrado metido a maestro, pero nunca fue generalizada esa actitud y ni siquiera goza de recuerdo singular alguno en mi vida. En mis constantes añoranzas de aquel pasado brilla con luz propia don Francisco, a quien nosotros aludíamos, traviesa y furtivamente, como el Paco. Enorme en todos los sentidos, era de aquellos maestros de entonces que a nuestros ojos sabía todo y de todo… y si algo desconocía, pronto lo averiguaba y compartía. Él dividía a los alumnos en tres grupos. Los primeros eran los que él intuía que iban a ser algo en la vida. Los segundos, a los que se refería como futuros traidores, eran los que se dedicarían a ser acólitos de otros llevando y trayendo lo que se les ordenase. Pero los que se llenaban de ilusión pasmosa eran aquellos a los que don Francisco, mirándoles a los ojos, les decía que serían “aviadores”, augurándoles vidas dedicadas, como mucho, a aviar gallinas, fundamentalmente debido a los pocos esfuerzos que regularmente hacían. Y, digo yo ¿ahora que ya nadie en casa tiene pitas…?