OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Simpar

Mis recuerdos me llevan al viejo conservatorio madrileño de Ópera. Cursando allí estudios, pronto se hicieron hueco en mi vida el edificio, el profesorado,… y ella, una de las bedelas. La primera vez que la vi apareció tras una puerta que se abrió de repente, atravesándola ella a gran velocidad. Iba hablando sola; chillaba. Yo estaba esperando en la puerta de un aula para hablar con uno de los respetadísimos profesores que a comienzos de los 80 habitaban aquel centro; ella, sin pensárselo dos veces, franqueó la puerta de la clase, como si de la del aseo se tratase, y ordenó al catedrático en cuestión que fuese a conserjería a coger una llamada telefónica. El docente, rumiando, le dijo que luego bajaría. Ella marchó despotricando. Algo más de un año después, estando ella presente en mi propia oposición —controlaba el acceso al aula—, me echó una bronca tremenda tras escuchar la defensa de mi memoria docente. Asustado, pensé que lo mismo tenía razón dada su experiencia en el centro. Menos mal que el tribunal no coincidió con ella. Tras conocer los resultados, me regaló un par de sonoros besos contrarrestando aquellas atrevidas valoraciones. Pero todo aquello no fue nada comparado con el cabreo que se cogió en la recta final de nuestra relación. Sabedor yo de que la orquesta de RTVE regalaba cada semana entradas al conservatorio, indagué y concluí que nadie las usaba… salvo ella. Desde el equipo directivo, temerosos, me dijeron que si las quería, que hablase directamente con ella. Cuando le dije que deseaba ir a esos conciertos, a gritos me interrogó sobre qué iba a hacer ella, entonces, con las 14 amigas de la asociación de vecinos de su barrio con las que solía ir. A partir de ese día, fue el Teatro Monumental el lugar en el que muchas semanas nos encontramos… sin ya dirigirme la palabra. Siempre ella; Pilar la simpar.