La capacidad invisible

Ana Martínez
-

Mujeres con discapacidad reclaman unas infraestructuras sanitarias más accesibles

La capacidad invisible

Son más vulnerables. Sufren una doble discriminación: ser mujeres y discapacitadas. Soportan unos índices de desempleo mucho más elevados, tienen más probabilidades de sufrir violencia machista, su acceso a la educación superior es inferior, aguantan constantemente el paternalismo familiar y social y padecen la brecha salarial de forma más llamativa, pues cobran un 18% menos al año que los hombres. Estos son algunos lastres que viven en el día a día las mujeres con discapacidad, que conmemorarán el próximo 8 de marzo con una nómina de reivindicaciones iguales a las de las mujeres sin discapacidad, pero que cobran mayor relevancia ante esta doble discriminación denunciada: mejorar su formación profesional, ofrecer apoyo y medios para desplegar su talento y facilitar su tránsito al empleo y su vocación emprendedora.
¿Cómo se sienten ellas? El presidente de Cocemfe, Marcelino Escobar, ha reunido para La Tribuna a cuatro mujeres con discapacidad, las verdaderas protagonistas del 8M. Elena Cano y Ángela Jiménez son usuarias de silla de ruedas, en Verónica García apenas se aprecia su discapacidad, lo mismo que le ocurre a Rosario Amoraga si permanece callada. Cuatro perfiles diferentes pero con una particularidad común: sus ganas de vivir y su convencimiento de que las mujeres con discapacidad sufren una doble discriminación, eso sí, con muchos matices.
«He sentido más la desigualdad como mujer que como persona con discapacidad; mi marido también va en silla de ruedas y ambos nos hemos sentido discriminados», dice Elena, una afirmación que corrobora Ángela y con la que no está de acuerdo Verónica: «La mujer con discapacidad está mucho más discriminada; los datos no mienten, sobre todo los de desempleo y de brecha salarial respecto a los hombres».
Verónica trabaja desde hace 17 años en las oficinas de Cocemfe Albacete: «Si alguna empresa llama para contratar a una mujer nos piden que no se le note la discapacidad, que sea guapa y que no vaya en silla de ruedas; esto lo hacen para beneficiarse de las bonificaciones en la Seguridad Social, pero no porque estén concienciados con la inclusión».
Sin embargo, ni Elena ni Ángela se han sentido diferentes en el ámbito laboral. Elena tiene una lesión medular fruto de un accidente de tráfico que sufrió con 20 años. Primero tuvo que superar el golpe y luego trabajó en el centro especial de empleo de Cocemfe. «No busqué en ningún otro sitio, entendía que nadie me iba a contratar con una silla de ruedas». Desde hace tiempo no está en activo porque «ni quiero ni me hace falta», porque «me apaño con la pensión contributiva que recibo por tener más de un 65% de discapacidad».
La biografía laboral de Ángela también ha sido prolija. Cuando tenía cinco meses de vida se contagió de poliomielitis «por una vacuna caducada». Su movilidad en silla de ruedas «no me ha impedido trabajar» como vendedora de cupones de la ONCE en Cuenca y Albacete, en Los Invasores y en el Circuito de Velocidad hasta que entró como telefonista en un banco. «Nunca me he sentido rechazada ni discriminada por mis compañeros ni por mis superiores, siempre me han tratado muy bien». Eso sí, en su caso no tuvieron que adaptarle su puesto de trabajo. «Esto sucede con frecuencia; si la persona con discapacidad necesita que le adapten su puesto de trabajo tiene más complicado acceder al mercado laboral», puntualiza Verónica, que padece una parálisis braquial de nacimiento.
Quien no ha tenido más remedio que salir de un mercado laboral en el que ha estado muchos años es Rosario Amoraga. Hace siete años sufrió un ictus y todas sus posibilidades como trabajadora se esfumaron. Fue camionera y también cocinera en un restaurante hasta que sufrió esta enfermedad cardiovascular que la dejó incapacitada para seguir con su oficio. El problema es que, tras siete años de intensa lucha y, sobre todo, mucha logopedia para ir mejorando su dificultad en el habla, Rosario se encuentra con una forma física estupenda, es dicharachera, sonríe sin descanso, aunque con 51 años y esta discapacidad, está completamente apartada del mercado de trabajo.
No puede contar lo mismo Verónica, la más joven de las cuatro, que pidió el certificado de discapacidad en plena juventud, cuando asumió su enfermedad: «Yo encontré un empleo gracias a mi discapacidad, pero porque no se me nota y eso es lo que buscan las empresas, trabajadores con discapacidad para beneficiarse de las bonificaciones, pero a los que no haya que adaptarles el puesto de trabajo, a los que no molestan mucho». Las cuatro aseguran que en pleno 2020 todavía hay muchos prejuicios, escrúpulos y tabúes en torno a la discapacidad, no solo si eres usuario de silla de ruedas, «que desde un principio ya provoca rechazo», sino si eres mujer con una discapacidad más acentuada, con discapacidad intelectual o mental o con problemas de comunicación. «Yo noto mucho rechazo de la gente cuando me escuchan hablar», matiza Rosario, para quien fue muy significativo «el número importante de mujeres que participamos en el Día de la Discapacidad».
También coinciden que queda mucho camino por recorrer:«Para que la gente se quite la venda de los ojos queda mucho, nosotras no somos menos válidas, sino mujeres con discapacidad, nada más».
Y, efectivamente, sus relatos y sus vivencias nos llevan a concluir que todavía queda mucho trecho para conseguir la igualdad real, máxime si se tiene en cuenta que todavía hoy si tu movilidad es reducida, «te miran raro» y, lo que es más preocupante, «te tratan con lástima», cuando en realidad estas mujeres lo único que quieren es que las traten «como personas».
Sin embargo, las mujeres con discapacidad llegan en menor porcentaje a la educación superior y reciben un trato «horrible» en la sanidad, un servicio público que, dicen, no está adaptado, sobre todo el Hospital General, donde las camillas son muy estrechas y los baños de las habitaciones inaccesibles.
Otro dilema al que se suele enfrentar la mujer con otras capacidades es la maternidad. «No puedes evitar pensar si el bebé saldrá mal», dice Elena, que descartó ser madre ante esta preocupación y porque «no quisimos complicarnos más la vida». Después de muchos abortos, Ángela y su pareja optaron por la adopción, pero tardó tantos años «que cuando nos llamaron dijimos que corriera la lista». Una maternidad que Rosario sí ha podido disfrutar con sus dos hijas y que, de momento, no ha llamado la atención a Verónica.
Salir de copas, ir a un polideportivo, ver una película en el cine... Todo esto supone un sobreesfuerzo para estas usuarias de silla de ruedas: «Todavía quedan muchísimas barreras por superar, lo normal es que nos metan en un montacargas, que la entrada accesible esté en la parte de atrás y que los aseos para personas con discapacidad coincidan con los de mujeres y tengan que entrar hombres en ellos». Sueñan con el día en el que la discapacidad se vea como «algo normal», como el que tiene «las orejas o la nariz grande». «No somos bichos raros, la gente nos quiere sin tara, como la ropa, y nosotras queremos igualdad, solo eso».