OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Martirio chino

Los meses discurrían más lentamente que en años anteriores. Esa sensación tenía yo, al menos, en aquel entorno y en aquellas circunstancias. Las semanas iban bien hasta que cada viernes, a las 12,00, recibía a aquellos dos jóvenes en aquel cuchitril de escasos 8 metros cuadrados. El centro era fantástico pero el aula asignada a mi materia era un horror. Lo que me unía a ellos era, supuestamente, su formación auditiva discurriendo la realidad a veces por otros andurriales. A ello contribuían, entre otros aspectos, un calor imbatible y el hecho de llevar muchas horas en pie —cada viernes madrugaba para coger un avión que me plantase en aquella ciudad a las 8:00—. Pero eran minucias comparadas con lo que me tocaba aguantar en clase. Ambos chicos eran un cielo y estaban tremendamente comprometidos con sus estudios. Ahora bien, una vez dentro del claustrofóbico recinto, quería morirme. ¡A uno e ellos le olían los pies como jamás pude imaginar que pudiese darse! Él me hablaba constantemente de su novia, ambos de su carrera como gaiteros y yo buscaba escusas para cada 5 o 10 minutos salir del garito aquel. Inaguantable. Cuántas veces no me preguntaría ese curso sobre el sentido del olfato de la novia en cuestión. Cómo podría aguantar ella eso día tras día. Inexplicable. La gaita y su repertorio estaban presentes siempre en nuestras conversaciones —de algo había que hablar para relajarse—. El caso es que el último día de clase, a finales de mayo, con un calor asesino, yo iba decidido a marcharme con ellos a tomar una caña al aire libre pero ellos pensaron en que debían homenajearme con un concierto final, a dos gaitas, solo para mí. Es imposible imaginar lo que yo experimenté aquel día escuchando a 2 metros de mí, durante casi una hora y a todo trapo, a dos gaitas y sin poder huir del tufo. ¿Homenaje? ¡Martirio chino!