«Soy un periodista vocacional"

J. Monreal
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El escritor y periodista acaba de recibir el Premio Glauka

Enrique Domínguez Millán, en su casa en el Casco Antiguo de Cuenca - Foto: Reyes Martínez

El escritor, poeta y periodista conquense Enrique Domínguez Milán, acaba de recibir el Premio Glauka, de manos de Pilar Jarque,  presidenta de la Asociación de Amigas de la Lectura. Un galardón pretigioso, creado en 1992, cuyo fin es el de reconocer la labor literaria o gestión cultural a una persona o institución. El premio Glauka toma su nombre del personaje de la novela de José Luis Sampedro, La vieja sirena, cuyo autor fue uno de los galardonados, así como importantes figuras del panorama cultural y literario español, tales como Carmen Posadas, Raúl del Pozo, Rosa Montero, Javier Moro, Lorenzo Silva, Begoña Marlasca o Luis Clemente. Enrique Domínguez Millán es un hombre que vive y siente su ciudad con verdadera pasión. Pasa largas temporadas en Madrid, y aprovecha cualquier excusa para volver de nuevo a su Barrio Alto. 
A salvo de ruidos y distracciones en su refugio de la calle de San Pedro, Enrique se asoma a la terraza que se abre sobre la hoz del Huécar y se empapa de colores ocres de otoño, amarillos de chopos y verdes que palidecen sin remedio ante el avance inexorable del tiempo. Sentado en su cómoda butaca de mimbre, Enrique sigue soñando versos al tiempo que recuerda, con asombrosa nitidez, hechos del pasado que ni siquiera figuran en las hemerotecas. La memoria es el arma con la que combate día a día. Al mirar atrás, el veterano prediodista lo hace sin ira, sin juzgar ni reprochar: simplemente deja volar el recuerdo y cuenta. Sin más.  Piensa en la vida, en lo efímero del tiempo, en todo lo que ha hecho durante tantos años de profesión y lo que aún le queda por hacer... Piensa en todo y en todos. Desgrana vivencias y sucedidos, nostalgias y certezas. La vida es sueño, sólo sueño, o ¿tal vez realidad? Enrique no responde. El periodista se limita a preguntar para que otros contesten y él transcriba fielmente las palabras de su interlocutor. 
¿Quién y qué es Enrique Domínguez Millán?

Definirse a sí mismo siempre es complicado, pero podría decir que soy un periodista vocacional que ha pasado su vida visitando países con un micro en la mano. Soy un hombre lleno de inquietudes, de curiosidad y con una gran pasión por conocer a otros para poder conocerse mejor a sí mismo.
¿Cuándo comienza su andadura en el periodismo?  
Comenzó en plena adolescencia, porque hice mi debut con quince años en una emisora de radio aquí, en Cuenca, y desde entonces no he parado de estar trabajando en la radio que es el medio en el que más a gusto me he sentido. Tuve oportunidad de elegir, cuando me ofrecieron pasar a televisión, pero pudo más la radio y ahí seguí haciendo y dirigiendo mis propios programas. Aunque la televisión ya tenía cierta importancia porque entraba ya en todos los hogares, la radio tiene algo especial, mayor calidez, capacidad de improvisación, inmediatez. La televisión es una pantalla fría en la que aparecen genetes y cosas. La radio entra por el oído y se mete en el alma de los oyentes .
 ¿La radio es verdad y la televisión casi todo mentira?
Yo no diría tanto. Antes, cuando había una sola televisión, la sumisión a la verdad era obligada por las circunstancias. Ahora, con la multiplicidad de televisiones, cada una va a captar a sus seguidores de cualquier forma. Una de ellas es halagando sus instintos. La televisión  no es educativa, y aún más, creo que tampoco es entretenida sino que se ha convertido en una costumbre, algo que suena a lo lejos sin prestarle mucha atención. 
Gran parte de su actividad profesional la ha dedicado a recorrer el mundo para contar a otros la realidad de esos lugares ¿Qué diferencia hay entre  el turista y el viajero?
Muy sencilla. El viajero va a conocer y el turista va a andar, a recorrer, pero sin entrar en el fondo de los pueblos y en el sentir de las gentes que allí viven. El viajero busca lugares poco transitados, alejados de la contaminación, del ruido y se complace en la charla con los habitantes de las tierras que visita. Viajar es  una de las mejores maneras de aprender, de conocerse a sí mismo y llegar a comprender que el ser humano es igual en todos lados, con las mismas preocupaciones y anhelos, tanto si vive en Cuenca o en un poblado de África.
¿Cuántos países ha conocido a lo largo de su vida como profesional?
No sabría contarlos. Haciendo un cálculo aproximado, vendrían a ser alrededor de un centenar, repartidos por los cinco continentes. A muchos de ellos fui como enviado especial con la obligación de hacer una crónica del acontecimiento que había que cubrir informativamente. Otras veces eran crónicas viajeras en las que relataba aquello que me había llamado la atención y que pudiera provocar la curiosidad del público al que iba dirigida y que éste viajara a esos lugares.
 ¿Hay algún país que le haya llamado especialmente la atención? ¿Ha llegado a sentir que estaba en el paraíso?
Pues por muy raro que suene, el paraíso está en España… He visitados sitios preciosos en los que me hubiera gustado poder vivir, pero durante una temporada. Uno de ellos es Cartagena de Indias y Santa Marta. Después de haber visto paisajes, mares, playas y monumentos por todo el mundo, siempre se echa de menos, se añora de manera tremenda tu tierra, tu entorno conocido, tus paisajes del alma. Se echan de menos los otoños de Cuenca, el cambio de colorido en las hoces, el color de las rocas, la limpieza de los cielos… En definitiva, el lugar en el que has nacido y al que siempre vuelves. Antes decía que el paraíso es España, y es verdad, aunque me falta por recorrer un lugar de este maravilloso país. Conozco casi toda la península, pero me falta una ciudad, Lugo, donde todavía no he ido. Es una de mis asignaturas pendientes.
 ¿Qué ha supuesto para usted la concesión del Premio Glauka?
Una gran alegría. Un motivo de satisfacción, aunque uno hace las cosas no porque se las vayan a premiar sino porque es lo que debe hacer, sin esperar recompensa alguna. Ante autores tan reconocidos como los que han ganado el premio, uno se siente un tanto pequeño al no tener una obra literaria extensa como pueden ser la de otros galardonados. Yo no he sido nunca amigo de publicar mis obras, y de hecho empecé a publicar ya muy tarde, como hizo el propio Federico Muelas. Tengo solamente dos libros publicados, ambos de poesía. El primero de ellos, Cantos de soledad  surgió tras la pérdida de mi esposa, Acacia. El segundo, Barrio alto, es una antología de poemas escritos en Cuenca. En él recojo vivencias y muchas de las sensaciones que me provoca esta ciudad que tanto quiero.
Sólo dos libros publicados, pero miles de artículos y centenares de conferencias...
En este caso sí que tengo publicados miles de artículos de temas muy diversos, que abarcan desde viajes, pasado por la actualidad cotidiana. A todos ellos hay que sumar las conferencias y las columnas y colaboraciones en prensa que sigo haciendo, como es el caso de La Tribuna, donde tengo un espacio  que me permite recordar casos y sucedidos de un tiempo pasado que no fue ni más ni menos feliz que el de ahora, sino distinto.
¿Cómo consigue escribir, basándose en recuerdos, y hacerlo sin ira, sin reproches?
Miro hacia atrás, pero lo hago sin rencor, ni siquiera contra los que sé que han ido contra mí. No sé si tengo enemigos, pero lo que sí tengo claro es que no soy enemigo de nadie y por eso cuento las cosas sin la menor crítica, sino tal y como yo las recuerdo. Afortunadamente dispongo de un gran archivo,que no es otro que el cerebro, y de ahí voy descubriendo hechos y sucedidos, anécdotas y noticias. Cierto es que, de vez en cuando, eso que llamamos memoria flaquea porque van cayendo en el olvido algunas cosas, aunque muchas veces me pregunto si no son olvidos premeditados, como bien decía Antonio Machado en uno de sus poemas: Mi historia,  y algunos casos que recordar no quiero. La memoria es ineludible y el único patrimonio que nos va quedando a medida que vamos cumpliendo años.  
¿Quién influyó en usted para que escribiera poesía? 
Me influyó decisivamente Federico Muelas. Él fue quien provocó en mí la necesidad de escribir poemas. Él fue un gran poeta, pero poco valorado a todos los niveles, más que nada porque él mismo no supo, o no quiso, tener la proyección que merecía como hombre de letras. Era un hombre grande en la lírica que supo evolucionar con el paso de los años hasta lograr un nivel casi de poesía de vanguardia.
¿Qué le hubiera gustado ser de no haber elegido el camino del periodismo? 
Ermitaño. Lo digo así de rotundo, a pesar de que mi vida nada ha tenido que ver con el retiro espiritual y con alejarme del mundo sino todo lo contrario. Tal vez por eso mismo, me encanta la soledad, aunque me gusta estar con amigos, las tertulias, compartir y conocer otras formas de ser y de pensar. Una vez dicho esto, sigo firme en mi vocación de ermitaño que busca y valora la soledad. En esos momentos de soledad es cuando el hombre se encuentra a sí mismo, cuando hablo conmigo mismo y analizo si hay alguna virtud y compruebo mis muchos defectos. Vivimos en un mundo con demasiado ruido externo y echo en falta mirarnos un poco hacia dentro, buscar en el interior y, volviendo a Machado: Converso con el hombre que siempre va conmigo. La inmensa mayoría está huérfana de introspección. Este mundo se basa en prototipos, en personajes a los que se van sumando gentes según ideologías políticas, modas o aficiones que comparten. No somos nosotros mismos, sino lo que nos dicta la sociedad en que vivimos. Muchas veces pienso que nos falta criterio, que decidimos motivados por las opiniones de otros sin valorar si es acertado o no. El mundo se mueve a velocidad de vértigo y no estaría mal que de vez en cuando parásemos a meditar, a sopesar si nuestros actos son por voluntad propia o vienen dictados por el entorno, por los demás.
¿Qué le queda por hacer? 
Muchas cosas. Conforme van pasando los años, miras hacia atrás y observas que podías haber  hecho mas cosas en tu vida. Cierto  es que en mi caso he vivido intensamente, tanto en lo personal como en el plano profesional, porque me he dedicado por entero a mi vocación. Cuando un trabajo te satisface, tienes la sensación de que no estás trabajando, que no es un obligación sino un quehacer cotidiano en el que te sientes realizado. A pesar de mis muchos años, sigo pesando en el trabajo del mismo modo que cuando empecé en la profesión. Me mantiene la ilusión, las ganas de seguir ejerciendo el oficio de contador de cosas y sucesos. Nunca he perdido la curiosidad, y si cabe aún tengo más cada día porque nunca se termina de aprender, de saberlo todo. Quien se crea sabio y en posesión de la verdad está totalmente equivocado. 
Sigue en activo, y continúa colaborando en los medios, tanto en la radio como en prensa escrita. ¿Quedan aún muchos recuerdos en ese desván de la memoria? 
Por supuesto que sigo en activo, colaborando en los medios, tanto en este semanario La Tribuna, como en Onda Cero. En cierta medida es volver a los orígenes, a las radio en la que empecé cuando apenas contaba quince años. En cuanto al desván de la memoria, aún quedan por desempolvar cientos, miles de recuerdos que poco a poco irán saliendo a la luz.
¿Tiene ya preparada la siguiente entrega de Vivencias? 
Estoy en ello, pero todavía no he decidido el tema que voy a abordar en la siguiente entrega semanal. Estoy en la fase de búsqueda de datos en los muchos cajones de la memoria para más tarde pasar a darles forma y que se conviertan en artículo. Más que un trabajo, que no deja de serlo, el preparar estos  textos es la mejor manera de mantenerme activo y no pensar en los años que van pasando, sino en lo que aún están por venir.