CRÓNICA PERSONAL

Pilar Cernuda

Periodista y escritora. Analista política


Tanto esfuerzo para nada

La huelga de Cataluña ha pillado a centenares de turistas en la Sagrada Familia, de donde pudieron salir gracias a la intervención policial. A otros les atrapó en el centro de Tarragona, pretendían visitar sus joyas arqueológicas y quedaron atrapados entre los centenares de manifestantes que se sumaban a la marea que debía converger en Barcelona. Los que pasaban tranquilamente por Via Layetana se quedaron sin palabras ante las turbulencias callejeras: no sabían que allí se encontraba una importante comisaría que los independentistas llevan días escracheando; en las Ramblas los turistas miraban atónitos las terrazas atacadas por los vándalos.

La huelga ha salido mejor de lo que dicen los constitucionalistas, pero peor de lo que esperaban los independentistas, pues la participación ha sido importante pero no consiguieron paralizar Cataluña excepto en zonas muy concretas en las que la prudencia aconsejaba cerrar puertas para evitar ataques de quienes pretendían que la vida se detuviera el 18-0. Hay un elemento sin embargo que ha jugado en contra de los secesionistas: las imágenes de la huelga.

Si el sector turístico lleva días sufriendo cancelaciones de reservas o menos reservas de las esperadas, el temor a que los turistas empiecen a elegir nuevos destinos, preocupados por las manifestaciones, cortes de carreteras, cierre de comercios, actos vandálicos y cargas policiales, empieza a ser generalizado.

Millones de euros gastados por la Generalitat en sus embajadas y su servicio exterior se han ido por los desagües. Los sucesos de los últimos días, las imágenes con las carreras, las agresiones, los asaltos, los coches y contenedores ardiendo, y los heridos, han echado por tierra lo que vendían esas embajadas y el Diplocat: que Cataluña es una región seria, moderna, culta, europea, con una población mayoritariamente independentista y con una enorme capaz de desarrollo si se libra del yugo español. Porque eso es lo que transmitía el independentismo a través de sus famoas embajadas, lugar dedicado en exclusividad a contactar con medios de comunicación y personajes del sector político y cultural de los países en los que se encontraban los representantes de la Generalitat, a los que contaban las excelencias de una Cataluña independiente, a la que España prerendía ahogar política y económicamente. En pocos días, ese trabajo diplomático que falseaba la realidad ha quedado en nada: por mucho que la Generalitat afirme que la violencia procede de grupos ajenos al independentismo, es evidente que, aun habiendo personas que nada tienen que ver con la DUI y con las ansias de secesión, estos días el independentismo ha protagonizado actuaciones violentas que en nada favorecen a quienes vendían las bondades de la nueva Cataluña.

La reacción a la sentencia del Tribunal Supremo es tan desaforada que ha echado abajo los esfuerzos de años por transmitir la imagen de una Cataluña sensata, dialogante, culta y trabajadora. Lo que se ha visto es una Cataluña vociferante y pasada de vueltas.