El Rey, Jefe de Estado

Pilar Cernuda
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, está demostrando en el comienzo de su nuevo mandato una gran falta de respeto a Felipe VI, atacado por algunos socios de los socialistas

La ‘número uno’ del Congreso, Meritxell Batet, sorprendió a todos cuando al finalizar su alocución en la Apertura Solemne se despidió con un «¡Viva el Rey!». - Foto: Ballesteros

Pedro Sánchez fue recibido por Joaquim Torra como si fuera Jefe de Estado, lo que probablemente entusiasmó a un presidente que transmite la sensación de que no respeta al Jefe de Estado de verdad, al que el gerundense no gusta que pise suelo catalán. Por mucho que a Sánchez le haya satisfecho el trato recibido, en España hay un Rey como marca la Constitución, Felipe VI. 
Es el Jefe de Estado la figura de mayor relevancia institucional y para un alto por ciento de los españoles la persona hacia la que miran en estos momentos convulsos. Momentos en los que han logrado sentarse en el Ejecutivo miembros destacados de partidos y grupos políticos que exigen la abolición de la Monarquía y hacen alarde de republicanismo. Muchos ciudadanos preocupados por la poca convicción con la que parte del Gobierno defiende la Carta Magna, consideran que es el Rey la persona que garantiza que se cumpla, y planta cara a quienes pretenden quebrarla. 
Don Felipe no ha pronunciado una sola palabra en la que cuestione la labor de La Moncloa -no puede hacerlo, está obligado a respetar la voluntad expresada a través de los votos-, pero no ha perdido las oportunidades que se le han presentado para demostrar que es un puntal en el que se puede confiar: no se mueve ni se moverá ni un milímetro en la defensa de la Constitución.
El pasado lunes, en la apertura de la Legislatura, su discurso fue impecable. Como el de la presidenta del Congreso que, además, remató con un «Viva el Rey» que sorprendió en las filas socialistas. Fue una buena iniciativa de Meritxell Batet: el Monarca, como cualquiera de los que se encontraban en el Congreso, vio el pin republicano en la solapa del ministro de Consumo, que no estaban en el Hemiciclo los diputados independentistas, Bildu ni el BNG, y que los aplausos de Podemos llegaron desde el banco azul pero no del resto de diputados. Probablemente ya sabía en ese momento que los de ERC habían declarado fuera que se ausentaban porque no reconocían al Rey. Sin embargo, no hizo un solo gesto de contrariedad, aunque tanto él como la Reina estuvieron serios durante gran parte de la ceremonia.
Esa mañana hubo un silencio que se hizo ensordecedor, el del presidente, que al finalizar la ceremonia, y una vez que se hubo marchado la Familia Real, no hizo una sola declaración de apoyo al Jefe del Estado. Ese silencio, incomprensible, puso otra vez en circulación la rumorología sobre las relaciones con el Rey.
Existen razones sobradas para la misma, que incide en que Sánchez trata de restar protagonismo al Rey sin tener en cuenta que es el Jefe del Estado. Que hiciera públicos datos sobre su nuevo Gabinete cuando viajaba hacia Cuba, que no acudiera Don Felipe al Foro de Davos ni a la inauguración de la cumbre climática, se interpretó como maniobras del presidente para potenciar su imagen. También fue criticado que la titular de Igualdad, Irene Montero, a los pocos días de acceder a su cargo, no acompañara a la Reina Letizia a un acto que tenía que ver con su departamento. Las explicaciones de la morada enredándose con un problema de agendas no convencieron a nadie. Al menos Pablo Iglesias, siempre que tiene ocasión, antes incluso de ser vicepresidente, expresa su respeto personal a Don Felipe. 
La realidad respecto a las relaciones con Sánchez es menos cruda de lo que se ha transmitido, pero aun así no son tan fluidas como han sido las habituales entre el Jefe de Estado y el de Gobierno. Con la excepción de Aznar que, como Sánchez, en varias ocasiones, parecía alardear de que controlaba la agenda del Rey Juan Carlos. 
Se ha criticado, por ejemplo, que el presidente hiciera pública la composición de su Gabinete cuando Don Felipe estaba de viaje. La realidad de los hechos está en el término medio: al finalizar el acto de jura de Pedro Sánchez, despacharon a solas los dos y en ese encuentro el ya presidente le esbozó las líneas generales de su equipo, le adelantó los nombres que tenía decididos advirtiéndole que todavía no había cerrado el esquema final. Le explicó también que iría haciendo públicos los elegidos a medida que se fueran confirmando.
En cuanto a los viajes, la idea que maneja el Rey es retomar su actividad exterior, paralizada durante el último año por la falta de Gobierno. Asumirá nuevamente la representación de España en las tomas de posesión de los presidentes latinoamericanos, función que realizó cuando era Príncipe de Asturias sustituyendo a Don Juan Carlos, y porque para el Soberano las relaciones con Iberoamérica son fundamentales. Tendrá presencia en esos países, aunque siempre en coordinación con el Ejecutivo central, como es obligado constitucionalmente.

Discursos en Zarzuela

También es obligado que sus discursos recojan las políticas del Gobierno. De hecho, los que pronuncia Don Felipe están basados en los datos que envían los distintos ministerios. Con la excepción del de Navidad, que por cortesía Don Felipe envía previamente al jefe del Gobierno y al líder de la oposición. Y el discurso con el que se inicia la Legislatura, que también se redacta en la Casa Real y, nuevamente por el aludido motivo, se manda al presidente. Como ocurrió el lunes pasado, con el speech en el que hizo una defensa a ultranza de la unidad de España y recibió uno de los aplausos más largos de los que se recuerdan, casi de cinco minutos. Que no era solo un respaldo a sus palabras, que también, sino que claramente era un homenaje a su figura, en contraposición a lo que se había escuchado en pasillos momentos antes por parte de quienes se niegan a aceptar su autoridad como Jefe de Estado. Y en contraposición a los diputados de Podemos que expresaban su republicanismo sin aplaudirle.
Es indudable que la forma en que Quim Torra ha recibido a Pedro Sánchez respondía al interés político y económico del cuestionado presidente catalán, pero tenía una segunda intencionalidad: tratar de potenciar su figura, maltrecha por su dependencia de Carles Puigdemont y por su inhabilitación como parlamentario que podría provocar su inhabilitación como jefe de la Generalitat. Como es indudable también para cualquiera que guste analizar los hechos y los gestos, que el político independentista quería marcar distancias con el trato que da al Rey cuando viaja a Cataluña. 
Y es que el jefe del Govern se niega a asistir a los actos que preside Don Felipe y, cuando coinciden, no le saluda. Y si no tiene más remedio porque el protocolo los coloca juntos, le ofrece fríamente la mano y a continuación vuelve la cabeza.
El Monarca no se inmuta. Es Rey de todos los españoles, catalanes incluidos, y no ha faltado a ninguna cita catalana en los últimos años. Porque las formas son importantes en el escenario institucional, y además porque sabe que sobre sus hombros cae la responsabilidad de asentar la Corona y que en el futuro la Monarquía sea para los españoles el referente de estabilidad y defensa de sus principios y su identidad.