LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Paraguas rotos

Ataviados con máscaras y capuchas negras, un grupo de jóvenes transporta un carrito del aeropuerto repleto de piedras y adoquines por una de las calles del céntrico barrio de Tseung Kwan. Caminan y miran constantemente hacia atrás para comprobar que la Policía no sigue sus pasos, hasta que llegan a una de las barricadas, donde multitud de paraguas abiertos reposan en el suelo. Cada vez hay más gente. Lo que ha empezado como una protesta aislada, una más, se ha transformado en multitudinaria. El poder de las redes sociales es tremendo. 
Dos estudiantes vacían un extintor y se parapetan detrás de unas vallas. Algunos preparan cócteles molotov y otros comprueban sus arcos y flechas. Es una auténtica guerrilla urbana. El tráfico está cortado y decenas de curiosos contemplan la escena a una distancia más que prudencial. A escasos metros de la movilización, un nutrido grupo de policías avisa: o se dispersan o comenzarán a lanzar gases lacrimógenos y balas de goma. La batalla campal, casi diaria desde el pasado mes de junio, está a punto de comenzar.
Entre manifestantes y uniformados, se erige un parking de varias plantas. Es un lugar privilegiado para contemplar la acción y estratégico para lanzar ataques. A sus 22 años y conocido como Álex, Chow Tsz-Iok, igual que la mayor parte de la gente de su edad, ha simpatizado con el movimiento prodemocrático. El autoritarismo del Gobierno chino y la tendencia a ir mermando derechos y libertades en Hong Kong ha tenido una respuesta contundente de una sociedad que, hasta 1997, ha vivido bajo la jurisdicción del Reino Unido. Sin saber muy bien qué hacer, el joven universitario, que está a punto de acabar el segundo curso de informática, deambula de un lado a otro de la tercera planta del garaje, desde la que comienzan a arrojarse conos.
La Policía avanza, la carga es inminente. Una lluvia de objetos cae sobre las fuerzas de seguridad, que se van desplegando por calles y edificios. Chow no sabe qué hacer. Está atrapado entre dos frentes. Aficionado al parkur, decide saltar hasta el borde, donde trata de descolgarse, pero un error le hace caer a plomo a la segunda planta. El golpe es brutal. Se fractura el cráneo y sufre un derrame cerebral. La situación es extrema.
Los enfrentamientos han bloqueado las vías de acceso y los servicios de emergencia tardan en llegar. Los sanitarios pronto se dan cuenta de la gravedad. Álex también tiene rota la cadera y es vital trasladarlo a un hospital para que las lesiones de su cabeza no vayan a más.
Mientras las protestas continúan en las calles, es sometido a dos intervenciones quirúrgicas. Pese a los esfuerzos del equipo médico, su corazón deja de latir. Chow es la primera víctima mortal desde que comenzaron las movilizaciones. La rabia se apodera de una juventud que señala a la Policía como responsable de la tragedia. Denuncian torturas y abusos. 
Hong Kong vive una de las épocas más convulsas de su historia reciente. Una buena parte de la población de la excolonia británica, que volvió hace ya algo más de dos décadas a ser gestionada de una forma especial por China después de su separación tras la primera guerra del opio (1842), no aceptan las imposiciones que llegan desde Pekín, un sistema centralizado con un férreo control de las libertades.
Todo comenzó con el intento de aprobar un proyecto de ley que otorgaba facilidades a China para poder extraditar a sospechosos de otras partes de la República Popular. Desde entonces, se han producido numerosas movilizaciones y protestas, cada vez más violentas, contra el autoritarismo del régimen comunista.
La tensión va en aumento. El leitmotiv de Un país, dos sistemas ya no gusta a casi nadie. China cree que el sistema judicial de Hong Kong, que garantiza libertades inexistentes en el resto del país por su estatus especial, se extralimita, sobre todo tras anular la ley antimáscaras que estaba vigente desde el pasado mes de octubre. Por contra, los ciudadanos prodemocracia exigen más derechos, como el de implementar el sufragio universal ahora inexistente. De los 1.200 miembros que forman en la actualidad el Gobierno de la excolonia, 700 son elegidos a dedo desde Pekín.
Los estudiantes se han atrincherado en la politécnica. Llevan encerrados allí desde la muerte de Álex. Han robado componentes químicos de los laboratorios y resisten como pueden el cerco asfixiante de los policías. Pese a que ya son más de 5.000 los detenidos, muchos lo tienen claro: ahora o nunca.
La revolución de los paraguas se ha convertido en un grave problema para el gigante asiático, que no sabe cómo solventarlo y que podría provocar un efecto dominó en la zona, con Taiwan aguardando su turno. Este domingo se celebran elecciones para los consejos de distrito en Hong Kong. Será un buen termómetro para medir el apoyo a un comunismo que languidece.