BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Diario del año del desastre (VIII) La bolsa o la vida

09/05/2020

El domingo 3 de mayo, Jorge Laborda que, como bien dije, vio venir a principios de febrero el desastre, me escribía: «Esto va para largo. Mucho me temo que la desescalada conducirá a un nuevo pico en unas semanas. No sé lo que va a suceder, pero por los datos que tengo la cosa no pinta demasiado bien. Creo que el gobierno está ahora primando a la economía sobre la salud. Espero equivocarme esta vez».
Esa misma noche le respondía yo: «La verdad es que mis aprensiones corren parejas a las tuyas, pero mucho me temo que los responsables de combatir la pandemia se hayan dejado influir por la tan repetida frase, según la cual, el coronavirus mata, pero el hambre también. Estamos entre dos frentes, y además, sin saber si lo que, o quien, provocó la catástrofe fue casual o intencionado, porque de ser lo último, y en vista de los ‘resultados logrados’, podría muy bien tener preparado algo peor. Yo no sé qué pensar –concluía mi mensaje–, lo único que te digo es que desde la caída del muro de Berlín, algo huele cada vez peor, y no sólo en Dinamarca. Al final hasta vamos a tener que rezar».
El lunes 4, Jorge me respondía a su vez: «Estoy de acuerdo contigo. Nos encontramos entre dos frentes, pero no somos exactamente los mismos los que estamos en los dos frentes. Unos están más amenazados por el hambre o por no ganar dinero a espuertas, y otros estamos más amenazados por el virus. Me temo que –añadía con gran clarividencia– los que vamos a perder vamos a ser los que estamos más amenazados por el virus, gente ya amortizada, que ha vivido ya lo suyo, que ha hecho sus contribuciones a la sociedad, pero que ya no es gente válida que salga por ahí a bailar, como dijo Page. Recuerda que Christine Lagarde, cuando era presidente del FMI, advirtió de que la gente vivía demasiado y eso era malo para la economía. El caso es que habrá rebrotes, y el Gobierno y todos lo saben. De hecho, no lo ocultan. Y los rebrotes supondrán más muertos. Y la mayoría de esos muertos serán personas mayores. Pero la economía resurgirá de sus cenizas. –Y concluía–: Es todo terrible».
La lectura de estas líneas no dejó de producirme un cierto estremecimiento, acrecentado por lo que hemos venido viendo estas siete semanas de confinamiento, ante la indiferencia de muchos políticos, preocupados más de su escaño que de los 26.500 españoles que esta pandemia se ha llevado al otro mundo, situándonos en cuarto lugar del planeta por detrás de los Estados Unidos, Reino Unido e Italia; y en segundo lugar en cuanto a número de contagiados –260.000–, detrás del gigante norteamericano.
Un estremecimiento que todavía se ha incrementado más cuando veíamos que nuestros dirigentes toledanos, que, a lo que parece, siguen viviendo en su particular búnker, solicitaban, para Castilla-La Mancha el paso a la fase 1, haciendo total abstracción del gravísimo hecho de que nuestra Comunidad ocupa, junto a Castilla-León, el tercer puesto del escalafón en número de infectados –casi 23.000–, por detrás de Madrid –que con sus 69.000 también había tenido la osadía de solicitarlo– y de Barcelona; sino también –algo que parece que sistemáticamente se oculta–, que el número de muertos en Castilla-La Mancha es a día de hoy 2.750, con 6.000 recuperados, frente a los 1.900 de Castilla-León (casi mil menos) y 7.300 recuperados.
Un auténtico desastre que nos sitúa en el centro de la pandemia junto a Madrid, y eso sin tener en cuenta los cuarenta y muchos mil sanitarios contagiados, esencialmente por falta de recursos, y los 13.200 ciudadanos que siguen luchando por curarse (número que resulta de la suma de recuperados y fallecidos –8.700–, descontada del número de infectados 22.908). Un auténtico desastre, insisto. Por fortuna, el ministerio de Sanidad ha puesto las cosas en su sitio, aunque nos pese, dejando a Toledo, Ciudad Real y Albacete en la fase 0. Cero en conducta, señor Page. Como siempre, sus errores los pagamos nosotros y usted, de rositas.