OLCADERRANTE

Fernando J. Cabañas


Grandes

17/12/2019

Una de las muchas cosas buenas que tiene el hecho de cumplir años es que ofrece la posibilidad de acumular experiencias y que, si andas listo, puedes incluso aprender de ellas. Ojo, esto último no siempre va asociado a la causa que puede provocarlo. De hecho, algunos no aprenden nunca. Es más, una parte de la sociedad y con el paso del tiempo, cada día acredita menos sentido común e infinita menos madurez, aunque sus cabezas estén cada vez más calvas o canosas. Pero eso es, ahora mismo, harina de otro costal con la que no mancharé mis manos. Mi vida, desde hace décadas, siempre está rodeada de estudiantes. De hecho, muchos de ellos han llegado a ser grandes profesionales o incluso profesores, llegando algunos a compartir conmigo claustro. A pesar de ello, habitualmente, aludo a ellos como «alumnos» o «antiguos alumnos», más que como compañeros, cuando en ellos concurren ambas circunstancias. Y no porque los considere todavía discípulos, sino porque no encuentro muchas razones de orgullo equiparables a la de coincidir, codo con codo y en las mismas lides formativas, con alguien que un día estuvo sentado al otro lado de tu mesa de profesor. Nunca he aludido a mi tarea en clase como la propia de aquel que enseña. Cierto es que el verdadero docente en ocasiones divulga conocimientos, pero lo que le convierte en alguien singular es el hecho de transmitir actitudes y valores. Muchos de mis alumnos dicen que les enseño o he enseñado algo. Qué equivocados están. Cada vez más me percato de la razón que tenían los grandes Maestros con los que un día me formé. Ellos, indiscutibles referencias en mi vida, siempre decían que en clase, el que verdaderamente aprende es el profesor y no el alumno. Pero esa reflexión es un tesoro oculto a la vista exclusivamente de aquellos que son grandes profesionales, grandes educadores… simplemente grandes.