LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Patton

Existe una molesta tendencia a confundir productividad con movimiento y firmeza con decisión. Ambos actos pueden ser ejercicios con estupidez supina si carecen de la correcta dirección. En estos tiempos turbulentos la rapidez y falta de amor por la lectura han provocado que gente poderosa carezca del conocimiento adecuado para la tarea que deben desarrollar. No significa que la pasividad sea sinónimo de prudencia e inteligencia, sino que es importante saber a dónde se quiere llegar.

No es el momento para descifrar cuál es la razón de nuestra mortal existencia, pero sí parece necesario recordar a los gobernantes algunas normas básicas de estrategia. En el pasado, hablamos de hace 50 años, cualquier político sabía que su tarea principal era garantizar la integridad territorial y la soberanía política de su país. Durante estas décadas un pacifismo de perfil cuáquero se ha extendido en Occidente, llegando al culmen cuando un ministro de Defensa prefería morir a matar a alguien.

El rigor intelectual de esa afirmación es tan exigente que inhabilita para ejercer puestos que requieran el uso de la legítima defensa. Tener en alta estima a la Madre Teresa de Calcuta no implica hacerla general de un ejército, porque este sería brutalmente derrotado. Los ciudadanos honestos necesitan saber que cuando las luces se apagan, alguien les protege. El mundo está lleno de peligros y no es bueno conocerlos todos, pero es fundamental tener la seguridad que los nuestros nos protegen frente a los malos.

Esta sencilla idea no significa apoyar guerras preventivas o impulsar complejos equilibrios de poder entre potencias extranjeras. Solo pretende defender la libertad propia y nuestro estilo de vida. Esta básica aspiración se enfrenta con poderosos enemigos, que utilizan la religión, el nacionalismo o la etnia para buscar la eliminación del oponente. Si tuviéramos que recomendar alguna lectura de apoyo bastaría citar a Sun Tzu, Clausewitz, Julio César, Maquiavelo o San Agustín. Si lo anterior resulta antiguo, considerarlo desfasado confirmaría que no se ha leído, Michael Pillsbury aportaría frescura y John Lewis Gaddis nos enseñaría por qué los griegos no tuvieron su momento más inspirado en la guerra del Peloponeso.

Si no se ha leído a ninguno de estos autores es mejor, por patriotismo, no aceptar el cargo de ministro de Defensa al no tener el soporte intelectual para el puesto. Lo triste es que cada vez hay más gente que no es capaz de distinguir la diferencia entre una dictadura y una democracia, entre un cordero y un lobo.


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