EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Optimismo en negro

Por más vueltas que doy a la realidad en la que estoy metido, no consigo siquiera estar contento, que es un subproducto ocasional de la felicidad. Pero esta desazón personal se acrecienta al notar que participo de una marea colectiva en la que mis vecinos exclaman: «esto es un desastre». Hay un ambiente de decepción, tanto para los que piensan a derechas porque ven que la Patria está en liquidación por derribo, como para los que sienten a izquierdas porque temen a una extrema derecha que está creciendo como una planta invasora.
También habría un optimismo de buena voluntad cambiando la perspectiva, según la cual la derecha estaría esperanzada por el enérgico resurgir de lo patriótico y la izquierda por este sabio golpe de mano del comunismo para imponerse en las instituciones. Pero este punto de vista no debe funcionar porque la gente está más cabreada que ilusionada, y creo que la mecánica causal de los hechos es sórdida y contra natura y nadie bien informado puede tener un optimismo que no sea tirando del gris al negro, lo que en lenguaje llano se llama pesimismo.
La situación de base es un país troceado en regiones con una creciente tensión de odio y violencia alimentada por la dejadez de unos gobiernos centrales incompetentes, débiles y corruptos en un ambiente de discordia social alentado por quienes reniegan de la conciliación práctica de la Transición y ahora han resucitado a un muerto para hacerse un retrato de feria con la bota de cazador puesta encima. Que no busquen otro enemigo, porque son ellos quienes están despertando al fascismo y alimentando al separatismo.
Como efecto del terrible atentado de Madrid se estrenó un ominoso septenio al que siguieron otros siete años de debilidad y desorientación en donde maduraron las malas semillas del anterior. En ambas legislaturas se dejó engordar a la bestia catalana y se incubó el  huevo de Vox, hasta desembocar en una teatral moción de censura. A partir de ahí todo entró en quiebra en las manos de un temerario oportunista al que nadie dejaría las llaves de su casa, no sólo por su biografía personal, sino la profesional como político con su última derrota a cuestas porque, aparte de Ciudadanos que se ha disuelto en la nada, el gran perdedor de estas elecciones ha sido este osado, cuyo fallido negocio de la segunda vuelta le hubiera puesto en la calle en cualquier empresa pero, como a falta de cabeza tiene cara, ahí resiste como si la derrota no fuera con él.
Por su carencia de otro programa político que no sea su provecho, recurre a enarbolar el señuelo indeterminado del «progresismo», como podría decir «estupendismo». Sus socios de UP, con sus bases de una honradez batalladora y sus cuadros de vida privilegiada, sí traslucen su programa de deconstrucción del sistema para edificar una utopía y se sabe de qué van y han sido lo bastante astutos para gatear sobre las espaldas de un presidente en estado de quiebra.
¿Es que en el socialismo no hay un recambio decente para este personaje que trata de salvar el tipo negociando con lo peor de cada casa? Pero aquí no hablo de UP, que tienen su lógica de izquierdas, sino de la Ezquerra y satélites que son los racistas de pata negra que forman la anti-España. Mientras tanto, cualquier optimismo será una variedad del humor negro.