Tiempos de swing

Sonsoles Arnao


Ética y estética

19/04/2020

Hay un debate abierto sobre el uso que hacen algunas organizaciones no gubernamentales, instituciones políticas y medios de comunicación, con las imágenes de personas que se encuentran en alguna situación de sufrimiento. Personas en situación de extrema pobreza, ya sea en países empobrecidos o en nuestros propios barrios, quienes sufren violencia o mueren en situaciones impactantes. Hay casos extremos, carentes de cualquier regla deontológica y con motivaciones ligadas a la exhibición del morbo para hacer caja.
La portada del periódico El Mundo del 15 de abril mostrando un cadáver, supuestamente fallecido por coronavirus, tendido en su casa (una precaria casa) mientras dos sanitarios enfundados en sus equipos de protección realizan el trabajo correspondiente; es un claro ejemplo de la exhibición voyeurista de un momento que impacta y pertenece a la intimidad. Después hemos sabido que se trata de un inmigrante pakistaní que vivía en uno de los barrios más pobres de Valencia.  
Algunos periodistas y medios de comunicación, incluido el citado, resumen en pocas palabras cuando debes plantearte no publicar una foto: «cuando su valor resida solo en un morboso impacto visual, cuando hiera la sensibilidad y no aporte apenas información, cuando aumente el dolor de los familiares de las víctimas». Pero hay otras ocasiones, que desde la buena intención y obedeciendo a la información del trabajo social, las acciones humanitarias o la solidaridad, se utiliza la imagen de personas en situación de pobreza sin cuestionarlo, ni preguntarles a esas personas o pedirles su consentimiento. Pienso sobre esto porque hace unos días vi unas fotos que me impactaron. La página web del Ayuntamiento de Talavera de la Reina daba cuenta del acopio de bolsas de comida que se habían recogido de forma solidaria para dárselas a familias talaveranas en situación de necesidad.
En las fotos aparecía la alcaldesa, concejala y funcionarios municipales con todo el material recaudado y otras fotos de funcionarios entregando las bolsas de comida a algunas familias en sus casas. Me llamó la atención porque esto no es nuevo. Todos tenemos algún conocido, familiar o amigo que hace uso del Banco de Alimentos que desde los servicios sociales, Cruz Roja o Cáritas se vienen gestionando. Y en ningún momento, se hubiera dado el caso de la publicación de esta entrega de alimentos en los medios de comunicación. Desde luego estas entidades no lo hubieran consentido ¿Por qué ahora sí?  Esto me llevó a releer el valiente y revelador texto de mi profesor Juan Antonio Flores Martos ‘Nulla ethica sine aesthetica: una etnografía de usos de imágenes en ONGD’. Una investigación sobre la política de comunicación y el uso de redes sociales de las personas beneficiarias de los proyectos de cooperación por parte de algunas ONGD, y la necesidad de buscar alternativas a la hora de representar y utilizar imágenes con personas que sufren pobreza, violencia o cualquier otro padecimiento de desigualdad o que impacta a la población. La primera regla es el respeto y el consentimiento.
Hay que huir del paternalismo y la superioridad. No hacer propaganda de tu humanismo y solidaridad con la pobreza y la imagen de los demás. No representar a estas personas como sujetos pasivos y desde tu perspectiva sino que, si lo que se pretende es denunciar una realidad social, se debe hacer a ellos partícipes, protagonistas y dueños de la información. Evitar lo que algunos llaman ‘pornografía de la pobreza’. Nadie está exento de esta práctica ahora que todos nos hemos convertido en comunicadores y activistas digitales.
 Debemos tener en cuenta que «no hay ética sin estética» y que las palabras, los gestos y las imágenes que utilizamos van cargadas de valores éticos. Los políticos y las instituciones que representan, más en estos días de zozobra, deben dar ejemplo y pensar muy bien antes de hablar y publicar fotos.