BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Hacia la extinción de las ballenas

Resulta más bien patético ver, en vísperas de San Fermín, a los colectivos antitaurinos montar el correspondiente numerito en Pamplona en pro de la defensa del toro bravo, cuando ellos saben bien que, si se suprimieran las corridas de toros, ese hermoso y único animal iniciaría un proceso de extinción de incalculables consecuencias. Y, sin embargo, asombra que esos grupos, que se dicen comprometidos con el sufrimiento de los animales, pasen olímpicamente de otro proceso de extinción acelerado como es el de las ballenas, las míticas y hermosas ballenas –la ballena Azul, la yubarta o la ballena franca–, que, pese a las continuas prohibiciones de la Comisión Ballenera Internacional (CBI), conformada en 1948 por los 15 países dedicados a la caza del mismo –que no pesca–, no cesa. El último país, como ustedes saben, que ha decidido, por las buenas, reanudar tan controvertida caza, ayer mismo, fue Japón, sin que nada ni nadie pongan coto a tamaña barbaridad.
Eso sí, la Agencia Pesquera del país nipón fija una cuota máxima de 227 piezas en un semestre, esperando que el mundo se lo crea. Es de suponer que, acto seguido, países como Corea del Sur, Islandia, Noruega, e incluso Argentina sigan el nefasto ejemplo de Japón, con las consecuencias previsibles. Pensemos que, tan sólo entre 1959 y 1964, el número de ballenas capturadas fue de 403.490, y el de cachalotes, durante ese mismo período, de 228.328. En 1960 y 1974, se dio el mayor número de capturas de ballenas con más de 40.000 piezas al año, y sólo en 1960 más de 29.000 cachalotes.
Ese fue el motivo de que, en 1980, ecologistas y balleneros coincidieran en que había que poner coto a la matanza de los grandes cetáceos, bien es verdad que por motivos opuestos. Los ecologistas pretendían prohibir la caza definitivamente, mientras que los balleneros, como estamos viendo, sólo querían hacerlo por un tiempo, el estrictamente necesario para la recuperación de las poblaciones.
Todos hemos leído ese hermoso libro que es Moby Dick, y sabemos de lo terriblemente peligrosa y heroica que era la caza del cetáceo en el siglo XVIII, y no digamos cuando los vascos, al parecer en el siglo XI, fundaron la industria ballenera. Era una pesca, o caza, de altísimo riesgo, durísima (los balleneros tenían que permanecer en el mar cerca de dos años con un régimen espartano, y sometidos a toda clase de peligros como el escorbuto). Hoy sin embargo, por mucho que digan, es una tarea perfectamente organizada y sin apenas riesgos, con sus barcos perfectamente pertrechados y acondicionados y los buques-factorías correspondientes, en los que los animales llegan a puerto, diseccionados, troceados y catalogados –pensemos que como los occidentales con el cerdo, de la ballena se aprovecha todo, incluso los huesos, con los que se hacen, por ejemplo, tablas de planchar–. Se sabe, incluso, que los japoneses se comen la carne cruda, servida como el sashimi, o bien cortada en filetes, condimentada como un bistec y asada o quemada.
Todo es bueno para el convento, que decía la madre superiora. El problema, aquí como en todo, es la avaricia de las grandes compañías a las que les importa un pimiento que con las ballenas pase lo que un día ocurrió con los bisontes o los mamúts. Porque la dura realidad es que, en este mundo sin poesía, donde ya no se pesca, sino que se arrasa el mar, la situación del cetáceo es de altísimo riesgo (de las 300.000 ballenas azules, por ejemplo, que se calcula que existían en 1930, hoy día tan sólo quedan entre 8 y 9.000). Pero ¿qué puede importar? Ya saben el viejo dicho de ‘vaya yo caliente y ríase la gente’. Matemos, sí, aunque sólo sea un poquito. Vivimos, y ésa es la verdad, pisando a diario continuas líneas rojas, inconscientes del mundo en ruinas que vamos a legar a nuestros hijos. Y, al final sólo nos quedará ‘el horror’ con el que cierra Conrad su libro En el corazón de las tinieblas.