NUEVO SURCO

Javier López


El último cartucho

Todo puede emborronarse más, y eso ha ocurrido en España tras las últimas elecciones generales. Se intentará abrir paso un pacto del PSOE con Podemos que necesitará el concurso de grupos nacionalistas e independentistas, lo que lo convierte –esto último- en una opción poco deseable. Por otra parte, la dimisión obligada de Albert Rivera es el síntoma evidente de que la llamada nueva política muere sin dar fruto visible y constructivo. Dimite de sus funciones la nueva política tras parar en nuestra casa como un concierto desafinado con muchas ambiciones, encauzadas en un marketing político que nunca había alcanzado tan altas cotas, y pocos objetivos claros. Podemos nunca fue, ni lo será, el movimiento populista hegemónico y transversal que alguna vez pretendió ser. Lo de Errejón parece un intento de última hora que se quedará en pequeña plataforma destinada a dar altavoz a su líder y, al paso, librarle de integrarse en la vida civil en busca de alguna otra remuneración ajena al escaño. El último cartucho de la nueva política, antes de fracasar definitivamente, está en manos de Vox, ahora en la cresta de la ola, como Podemos y Ciudadanos años atrás. Es el último cartucho, pero también tiene el suyo, su último disparo, el viejo bipartidismo, incapaz de entenderse, incapaz de poner en orden nuestro país. O lo uno o lo otro, dos cartuchos que gastar, pero el turno ahora debería ser para el PP-PSOE, o para hacerlo más visual: la entente Sánchez-Casado, que es como pedirle peras al olmo, porque es a todas luces una entente improbable cuando no imposible. A lo más que se podría llegar es a una abstención de la bancada popular que habilitara una investidura de Pedro Sánchez. Sin embargo, lo más deseable ahora es lo más improbable, y lo menos aconsejable será lo más probable. La solución Frankenstein no es la mejor opción, pero es la que, con el acuerdo entre Sánchez e Iglesias anunciado este martes, tiene más papeletas de llegar a algún lugar.
Lo peor sería que este gobierno no acabara con la precariedad como pretende (necesidad imperiosa) y terminara de rematar al resquebrajado edificio institucional. Porque finalmente la teoría sanchista del “gobierno progresista” tiene ya desde el principio ciertos visos de ensoñación. Porque ensoñación es pretender hacer un gobierno teniendo que contar para la aprobación de las principales medidas del gobierno con ERC, uno de los puntales de  la rebelión en Cataluña, y con su líder encarcelado. O en el mejor de los casos con el PNV, que de una forma u otra, ahora con más diplomacia que el independentismo catalán, siempre acaba por tensionar y distorsionar la visión de conjunto. Y si algo necesitamos ahora es precisamente visión de conjunto. Ensoñación es, al final, pretender un gobierno progresista con parte de lo más reaccionario del país.
La gravedad del momento es de tal envergadura que España necesitaría un tiempo excepcional en el que fuéramos capaces de superar la lógica de los bloques para pactar una agenda de reformas encaminadas a apuntalar el ahora debilitado edificio levantado en 1978. Eso solamente lo pueden hacer los viejos actores del bipartidismo. Entre los dos reúnen más de doscientos diputados. Solamente ellos, como los viejos rockeros, podrían dar una cierta coherencia final a un concierto totalmente absurdo y desafinado. Es el último cartucho que tenemos en un momento en el que el país amenaza con romperse territorialmente y se avecina, si se cumplen los peores pronósticos, otra crisis económica. Es el momento de la altura de miras y de los sacrificios. Albert Rivera, que tuvo en sus manos tras las elecciones de abril propiciar un gobierno sólido sostenido por 180 diputados, ha tomado nota de su frivolidad y ha dimitido. Es cierto que Sánchez no hizo nada por ese pacto, pero Rivera se lo tenía que haber puesto encima de la mesa con todos sus puntos y todas sus comas.
Ha dimitido, como era obligado tras lo ocurrido. También deben tomar nota otros. Ningún sacrificio sería exagerado en este momento de la historia de España. Incluso  Pedro Sánchez podría echarse a un lado, aunque fuera provisionalmente, para que otro candidato de su partido elegido por el Congreso con el concurso del PP pueda conducir un periodo de excepcionalidad destinado a salvar lo construido desde 1978. No cabe ninguna duda de que tras unos años de infertilidad total, la llamada Segunda Transición vive el trance de quemar su último cartucho.