EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Amar al autor

Muchos escritores y artistas trabajan para que les quieran. Esto es especialmente cierto en los poetas, a los que forzosamente ha de bastar la admiración de los lectores porque mal van si lo que pretenden es sacarle una renta económica a la literatura, lo que se llamaría vivir del verso, pues la poesía no da para comer y acaso sólo para merendar a los autores mejor situados. 
Los lectores que gustan de una obra literaria y admiran a sus personajes, harán extensiva su atención afectuosa al propio autor, especialmente si éste se implica en la trama del relato. Es muy simpática la declaración del joven Holden Caulfield de El guardián entre el centeno sobre los escritores que le gustan: “Son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras”. Pero el escritor y ensayista Arthur Koestler se burla de este impulso admirativo porque no entiende la necesidad de algunas personas de conocer personalmente a sus ídolos: “Es como si te gusta el foie y ansías saludar personalmente a la oca”.
¿En qué medida muestra el autor su propia manera de ser en sus personajes? Recordemos la sentencia de Walt Whitman ante un libro: “Camerado, this is no book”. Un libro es algo más que unas páginas escritas pues “quien toca un libro está tocando a un hombre”. Pero decir que un libro tiene su soporte vital en la persona de su autor no da certeza objetiva a ese autorretrato pues ese yo también es una suma de las ficciones, fantasias y deseos del escritor, ya que la biografía es un invento.
Quien habla en el poema es siempre un personaje. Machado se pregunta “si son mías las lágrimas que vierto”. Por supuesto hay que diferenciar hasta en la más declarada autobiografía, al narrador con el autor, que no deben confundirse. En las lecturas públicas de contenido amoroso siempre hay que entender que las declaraciones en primera persona no han de corresponder con los sentimientos y lances reales de quien las escribe. Como el actor de representa al personaje Otelo no tiene en su vida que ser necesariamente celoso.
En La trilogía de Nueva York, Paul Auster pone en boca de Negro dirigiéndose a Azul que “En cierto sentido, un escritor no tiene vida propia. Incluso cuando está ahí, no está realmente ahí”.
Tampoco la popularidad es garantía de calidad, pues lo que proporciona éxito a muchas obras es la relación que se encuentra entre la mediocridad de las ideas del autor y la mediocridad de las ideas del público. Esta máxima de Chamfort la aplico a los éxitos de Paulo Coelho que ha llegado a la fama y la opulencia mediante el don de la obviedad.
La transitividad entre autor y lector no supone ninguna conexión directa entre ambos, pues no hay otra relación real que la del poeta con su poema y la del lector con ese texto que es la única materialidad que se transmite de uno a otro. Jose Luis Torrego lo resume con acierto: “En mis poemas no trato de explicarme a mí mismo sino que el lector se encuentre en ellos”.