Daniela, Cirila y Julia fueron tres niñas de la guerra. Las tres nacieron en Atanzón lo suficientemente temprano como para recordar los horrores de la contienda civil durante toda su vida. Aunque en este pueblo de la Alcarria no se libró ninguna batalla relevante, no faltaron las escaramuzas y los asedios. Tampoco era necesario escuchar el sonido de las bombas o ver los carros de combate. El terror se expandió por todos los rincones y la imagen de los milicianos robando el ganado que tenía la familia -junto al recuerdo de otros episodios de acoso- les persiguió para siempre. 
Daniela y Cirila eran las dos mayores y Julia la cuarta de seis hermanos. En plena Guerra Civil, su padre, Martín Ramos, enfermó y los que controlaban la zona no le dejaron salir. Al no poder acudir a ningún hospital, su estado empeoró rápidamente y falleció. Era el año 1937. Daniela tenía 16 años, Cirila 14 y Julia 8. Junto al resto de sus hermanos, desde entonces quedaron huérfanas de padre. A pesar de su juventud, no eran tiempos para el lamento y tuvieron que empujar fuerte junto a su madre, Benita Vicente, ya fuera en las tareas de la casa o en el campo cavando surcos. No había la potente maquinaria agrícola que hoy conocemos y hacían falta muchas manos. Eran gentes que habían sido moldeadas en circunstancias tan duras que no se arredraban ante nada ni ante nadie. 
Las tres forman parte de esa generación que vio el hambre y la miseria demasiado cerca. La explotación agrícola familiar daba para lo que daba y los chicos -Pedro, Gregorio y Francisco- se lanzaron al mundo de la empresa dentro del negocio del transporte de pasajeros. En aquellas carreteras de polvo y piedra empezaron la aventura con un autobús Ford de segunda mano que compraron al ejército y con el que comenzaron la ruta entre Atanzón y Guadalajara. Las chicas fueron abandonando el pueblo de forma progresiva y se instalaron en Madrid. Una trabajó como costurera profesional, otra en el Hospital La Milagrosa tras gestionar un despacho de carne y siempre en esa doble tarea que implicaba trabajar fuera de casa y dentro del hogar. 
En menos de una semana, el inoportuno visitante que ha oscurecido la florida primavera se ha llevado por delante a estas tres hermanas de Atanzón. Daniela y Cirila fallecieron en casa después de una pelea contra el coronavirus sin igualdad de condiciones. Julia murió en el Hospital Nuestra Señora del Rosario, donde acudió por una rotura en el tendón de Aquiles. En la correspondiente prueba, dio positivo por Covid-19. Las tres han marchado en silencio, sin poder abrazar a los suyos y sin que los que las quisieron pudieran acompañarlas mientras se apagaban lentamente. 
Excepto Julia, Daniela y Cirila no forman parte de ese registro oficial que está carente de datos y, sobre todo, de alma. A los cálculos del Ministerio de Sanidad le faltan cifras completas que reflejen la verdadera dimensión de la sangría que ha causado el virus. Hemos estado mucho más preocupados por dulcificar con aplausos la tragedia que por dignificar a los que se nos estaban marchando sin hacer nada de ruido. Los muertos molestaban demasiado a los encargados de gestionar todo este desastre. Como si fueran inanes a tanto dolor. Como si hubiera interés en esconder a la generación que levantó gran parte de lo que disfrutamos ahora. Todo dentro de una operación de blanqueo indigna, con más marketing que sentimiento.