PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


El bicherío y el pueblo-postal

Los gallos lo tienen muy mal y las gallinas ya pueden andarse con cuidado. Las tropas de  gallináceas picoteando por los arreñales tienen los días contados. Los “hijos del pueblo”, y los nietos, los cuñados y los arrimados, que han venido  a veranear y los neo-rurales, así se llaman a ellos mismos en los “papeles”, que dicen que a repoblar la España vacía, los tienen en el punto de mira. A los gallos porque tienen la costumbre de cantar, a la amanecida mayormente y alguno hasta a la luna, y a las gallinas porque no solo huelen a gallina sino que encima cagan donde les viene la gana las muy guarras. Y sin que sea lo de evacuar por efectos de un botellón, que entonces se podía transigir y tolerar porque son cosas de los chicos y la juventud y a ver quien les dice “ná”.
Pero si ponen son huevos y hacen kikiriki, con ellos al juzgado y a la Guardia Civil.
Porque si creían ustedes que aquello del gallo asturiano y la clientela de la casa rural era anécdota aislada y que aquí no iba a llegar, están muy equivocados. Que se lo pregunten al Serprona y verán. Las denuncias contra las gallinas y todo tipo de bicherío no paran de crecer. Que estos de los pueblos, los que viven allí en invierno, claro está, que se habrán creído que pueden tener en el corral. Y no es broma ninguna lo que les estoy contando sino serio motivo de discusión, riñas y juicios. Un conflicto cotidiano y que ahora, llegando agosto y la avalancha, en más de un sitio se va a enconar.
 Y eso que la cosa, ni falta que hace, tiene nada que ver  con aquellos tiempos del siglo pasado, poco más de allá por la mitad. De cuando las cuadras, las mulas y  la corte de los cochinos en la planta baja y el personal en la de arriba para aprovechar el calor. De eso ya no hay. Todo ello fue desapareciendo o sacándose a las afueras. Ahora animales quedan pocos pero alguno aún hay. Ovejas y cabras, aunque no hay mes que no se de de baja un rebaño, por algunos lugares más norteños, vacas, también algún caballo por capricho y hasta algún pollino por ilusión. Todos ellos con más vacunas, controles y crotales que un sospechoso de Ébola. Sin exagerar. Y perros, claro, está. Pero de los de pueblo, que son más de trabajo que los de ciudad. Y claro, a los veraneantes y a los repobladores, amen del algún visitante que se considera muy pero que muy “natural”, los pueden molestar. No a todos, ni a la mayoría  siquiera, a pocos, a casi ninguno pero con  uno tan solo por pueblo, que un tonto siempre acaba por aparecer, sobra  para reventar la banasta. Porque “el” o “ella”, seamos políticamente correctos, han ido en busca de la tranquilidad, que ahora se llama el “relax” y a descansar, que ahora se dice “quitarse el estrés”. Y no debe haber nada que les pueda disturbar.
Ellos han ido a contemplar, a vivir, a gozar del pueblo-postal. Y los animales, así de primeras y para el selfie con ellos detrás, no quedan mal pero a nada empiezan a incordiar. Las vacas echan unas plastas y se tiran  una flatulencias, antes pedos, que no solo son de no pisar sino que amenazan la capa de ozono según el climático que no puede faltar. Las ovejas y las cabras, que les voy a decir, que son una fábrica de cagarrutas de alfombrar todo que les pilla al paso. Y los perros, pues que son de mucho ladrar, y aunque los pongan en algunos cobertizos y casetas algo alejados del casco central, pues como haya alguien que pase pues aún ladran mas.
Y claro es algo que los neorurales y los hijos del pueblo no pueden aguantar. El pueblo tiene que ser lo que ellos han diseñado que debe ser  y lo que no puede consentirse es que un gallo cante, un perro ladre, una oveja cague y una vaca mee. Y de cerdos ni hablar. Hombre, si fuera de los de compañía, que los hay, el precioso cerdito mascota, vietnamita él, pues si, pero un cochino de los de toda la vida para engordar y hacer matanza...¡hasta ahí podíamos llegar!
La pelea esta servida e irá a mas. Los casos comenzarán a aflorar. El toque de queda se va a imponer  y las restricciones van a ir a mucho más. Un perro por la calle de un pueblo de noche puede suponerle al dueño el penal de Alcatraz. Claro que ventajas para algunos, y no solo para los aludidos anteriormente, va a tener. A los jabalíes les encanta que esto sea así y ya no les digo a los zorros. En mi pueblo y en mi puerta tengo de inquisitivos y vulpinos vecinos a unos cuantos cachorros  a su raposa que los esta sacando divinamente adelante y que se viene con ellos, noche si y noche también, a cenar, pasear y a dormir. Lo que no les van a quedar son gallinas que robar porque esas, pobres, tiene los días contados. Les va a caer encima la autoridad. Al gallo cantón le ha caído ya.