LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


La ola de calor

Termina junio con una ola de calor africano que trepa desde el alquitrán hasta las axilas. Cada año llegan antes estos sofocos de vapor tardío que trastornan las mentes y encallan los entendimientos. Deben llevar razón aquellos que hablan del cambio climático, pues no recuerdo de niño tanta zozobra en verano. Eso, o que nos volvemos viejos y achacosos, y ya no aguantamos ni el canto de la chicharra en siesta. Lo cierto es que hace mucho calor y los sesos se derriten, igual que a Don Quijote en el pasaje de las quesadillas que tanto apesadumbró a Sancho. Los veranos son siempre una incógnita y, como los melones, no se sabe si salen buenos hasta que se abren.
La ola de calor mora llega en plena discusión política, cuando lo viejo no acaba de morir ni lo nuevo termina de nacer. El personal se marcha a la playa con la radio puesta por si hubiera novedades. Debiéramos recuperar los locutores el servicio de socorro de Radio Nacional. Un presidente del Gobierno pide socio desde hace meses y no lo encuentra. Quizá sea bueno echarle un flotador y que le dé a los manguitos. Pedro Sánchez tiene buen tipo, pero no aprende. O aprende a base de hostias, que también. Tengo para mí que la estrategia de Sánchez es cuanto peor, mejor. Prefiere tensar la cuerda hasta límites bárbaros. Se mueve en la marejada mucho mejor que en la mar en calma. Pedro Sánchez asando espetos se aburriría. Prefiere un tiburón a la altura de las boyas para asustar a los bañistas. Y entonces aparece él como el socorrista de la serie.
Albert Rivera es el muñeco que los socorristas utilizan para enseñar los principios básicos de los primeros auxilios. No está, no se le escucha, no sabemos si duerme o sueña o ha mandado a Arrimadas a por el chaleco salvavidas. Lo de este señor es preocupante. El sonido de su silencio es abrumador, mucho más que el del presidente del Gobierno. Sánchez, cuando coge el Falcon, al menos hace ruido. España se deshidrata por falta de políticos con agallas. Desde primero de carrera, han de saber los que se dedican a la cosa pública que el estadista se hace a base de incumplir promesas. Uno es más líder cuanto más reniega de su pasado y lo ahoga. Felipe dijo “Otan, de entrada, no”, y terminó mandando a Solana al batallón del Atlántico. Los yogurines que nos gobiernan no han leído a Maquiavelo ni saben la historia de César Borgia. Podrían escudriñar la edición anotada que de El Príncipe hizo Napoleón Bonaparte. Eso, o una historia eficaz y desapasionada de los Papas. Algunos mataban a sus hijas de hambre para que no se les notara.
El verano del diecinueve se presenta cachondo y no por destape del personal. El estío lo carga el diablo, se sabe cómo empieza pero nunca cómo termina. El del treinta y seis fue un verano cabrón que todavía no ha concluido en la basílica de Cuelgamuros. Franco espera sentado a que Sánchez se vaya. Quizá sea el único que pueda ganarle. Y mientras tanto, la sequía envilece los trigos y abrasa la uva, aunque me dicen los enólogos que eso no es malo si se recoge antes el fruto. El sol madura la viña, pero no los políticos. Salir a mediodía a las calles es como tirar una investidura sin socios o comparar a Bildu con Vox. Sánchez ya ha entregado Navarra y se beberá un pacharán con las endrinas de Rivera. Lo único bueno que trae julio es el Orgullo, aunque ahora se hayan vuelto sectarios y no dejen desfilar carrozas por sus santos ovarios. La ola de calor es lo que tiene, relaja los entendimientos y enciende las pasiones. Lo mejor es una siesta de gin, hielo y deseo en la boca.